Buenas prácticas en el ejercicio de la mediación

Por Gabriela Magris * - Exclusivo para Comercio y Justicia

Por Gabriela Magris* – Exclusivo para Comercio y Justicia

A más de 13 años de la sanción de la ley de mediación en Córdoba y luego de leer numerosos autores dando opiniones sobre el perfil del mediador, las características que debe reunir una mediación, las distintas escuelas o métodos que proponen, me pareció oportuno reflexionar (junto a mis colegas mediadores, mediante esta página) sobre la posibilidad de establecer algunas prácticas, “buenas prácticas” a tener en cuenta para el abordaje de un proceso de mediación, intentando que sea un aporte para un mejor y más eficiente servicio que habitualmente prestamos, a saber:

– Aprender continuamente y apostar por las nuevas ideas. Para que la mediación pueda evolucionar y adaptarse a las necesidades debemos introducir cambios y asumir riesgos controlados. Así, no podemos quedarnos quietos, hay que indagar en nuevos métodos, poner en práctica ideas novedosas, formarse y ser inquietos para no caer en la autocomplacencia y creer que lo que es válido hoy lo será mañana.

– Ser honestos y fieles a nosotros mismos. Debemos responder a las auténticas necesidades y demandas sociales y no a las modas ni a las oportunidades de crecimiento, de publicidad o de inversión.

– No tener recetas mágicas. A pesar de los años de experiencia que podamos haber adquirido, ser capaces de reconocer que siguen existiendo incógnitas que aún no hemos sido capaces de resolver. Por ello, debemos apoyarnos en otros y compartir conocimientos y vivencias en la búsqueda de nuevas soluciones.

– Trabajar en red. Muchas veces, la complejidad de las situaciones que se plantean en un Centro requiere el apoyo de las instituciones públicas y la coordinación con entidades privadas. Solos no podemos resolver problemas con orígenes multifactoriales en los que entran en juego personas con diferentes intereses.

– Apostar por la eficiencia y la optimización. Debemos buscar el máximo impacto positivo invirtiendo sólo aquellos recursos que sean necesarios, de forma que nuestra gestión sea ética, sostenible y transparente, orientándola en todo momento a los beneficiarios.

– Partir de un modelo flexible, incluyente y en espiral. Intervenimos desde la perspectiva biopsicosocial, de forma paralela, no lineal, que permita la flexibilidad de avanzar en varios ámbitos de forma simultánea, donde se pueda retroceder y retomar aspectos ya trabajados y se avance cualitativamente.

– Depositar el desarrollo y el crecimiento en el individuo. Debemos trabajar generando y fomentando la autonomía y la integración del individuo, ya que éste debe hacerse responsable de sus decisiones y comportamientos de manera que interiorice el cambio y parta de una motivación intrínseca de mejorar sus relaciones.

Estas buenas prácticas requieren indispensablemente, como mínimo, los siguientes elementos:

1 – Innovación: introducción o mejora de elementos en un sistema mediante actuaciones realizadas tanto en lo referente a la gestión como al servicio que se presta, con el objetivo de perfeccionar su funcionamiento interno y su relación con el entorno, y con un impacto visible en el resultado de dichas actuaciones.

2 –Transferibilidad: capacidad de que una experiencia permita la repetición de sus elementos esenciales en un contexto distinto al de su creación, con elevadas probabilidades de éxito.

3 – Factibilidad: atributo por el que una iniciativa tendrá posibilidades de éxito en su implementación debido a que en su diseño se ha tenido en cuenta el contexto económico, técnico, organizacional y socio-político en el cual se ha de llevar a cabo.

4 – Impacto positivo: consecución de los objetivos establecidos, que implica la existencia de un cambio observable y positivamente valorado en el ámbito sobre el cual se ha centrado la actuación ejecutada.

5 – Planificación: establecimiento de un conjunto de pasos ordenados racionalmente y relacionados entre sí, para conseguir los resultados deseados en un ámbito de intervención del gobierno local.

6 – Liderazgo social sólido: capacidad de los promotores de una iniciativa para desarrollarla según los objetivos previstos mediante el fomento de la participación, la cohesión y la motivación de los actores implicados.

7 – Responsabilidades definidas: establecimiento, de modo transparente e inteligible, de quién responde de cada una de las competencias y funciones dentro de la organización y del proceso, de forma que se puedan rendir cuentas de forma efectiva.

Seguramente la experiencia personal y el ejercicio profesional nos irán dando cada día más y mejores herramientas para abordar las mediaciones que nos toquen. Éste pretende ser apenas un aporte para la reflexión.

 * Abogada, mediadora

Artículos destacados