Augusto César Ferrari (I)

Por Carlos Ighina (*)

Augusto César Ferrari fue un artista, sobre todo, polifacético, ecléctico, pragmático, simbólico, y todo ello en una contextura espiritual única, pese a aparentes contradicciones y previsibles colisiones interiores, que si las hubo fueron resueltas en el terreno de la creatividad.
Pintor y arquitecto, en ese orden según sus preferencias, podría haber puesto esas dos dedicaciones debajo de su nombre en una tarjeta de presentación, al tiempo que, en el dorso, escrito a mano en una forma ligera tal vez fuera posible leerse “fotógrafo aficionado ad hoc”. Ya veremos debido a qué.
Ferrari había nacido el 31 de agosto de 1887 en Módena, comarca de La Emilia, Italia. Más precisamente en el poblado de San Possidonio. Y estudiado arquitectura con el auspicio de su padre, comerciante en vinos, en la Universidad de Génova. Sin embargo, obtenido el título académico que satisfacía a su padre, se formó, esta vez por propia vocación, en la Academia Albertina de Turín, donde recibió el influjo de la scuola tutinense de pintura.
Pronto ganó prestigio como retratista de la nobleza italiana y, siguiendo a su maestro, Giacomo Grosso, colaboró con éste en la realización del panorama de la batalla de Turín, consistente en una gran tela adosada a una estructura de forma cilíndrica, que podía observarse desde diferentes posiciones con efectos visuales particulares en cada caso.
Maestro y discípulo completaron la instalación con objetos adecuados a la temática de la obra, proyectando rayos luminosos sobre sitios precisos y ambientando el conjunto con música que se ejecutaba en los momentos de visita.
La técnica pictórica de los panoramas apareció en Inglaterra, abarcando superficies de hasta 1.500 m2. Esta modalidad integrada, innovadora para su tiempo, despertó críticas entre los cultores de la ortodoxia artística, quienes desvalorizaron la obra por considerarla pintura-espectáculo y, por lo tanto, poca seria.

Estas opiniones no desmoralizaron a ninguno de los dos, Grosso y Ferrari. Más aún, un par de años después, en 1908, Ferrari por sí mismo completó otro panorama, cuyo motivo esta vez sería la catástrofe ocurrida en Messina, Sicilia, al que tituló Messina distrutta.
Para el bosquejo previo el pintor se valió de una cámara fotográfica, de aquellas de principios del siglo pasado, con la que obtuvo tomas del lugar del lugar afectado que le servirían de segura guía en la realización de la pintura. He aquí cuando tomó contacto con la fotografía, pero sin darle calidad artística sino de mero auxiliar para la tarea realmente importante, que era la de los pinceles sobre la tela. De esta obra de Ferrari se dijo que representaba el acabado resumen de los conocimientos del autor en cuanto a figura, paisaje, perspectiva y estilos arquitectónicos.
En 1910, aún estando en Italia, Ferrari pintó el gran panorama de la batalla de Maipú. Sería en 1914 cuando se embarcó para Buenos Aires, sorteando de esta manera los sinsabores de la primera gran guerra mundial.
Ya en nuestra tierra intervino como director de obras de la Abadía de los Benedictinos, atendió a trabajos solicitados por la aristocracia porteña, dejó su impronta en la Capilla del Divino Rostro, en el Parque Centenario -donde debe destacarse su cúpula-, realizó los panoramas de batallas decisivas para nuestra independencia como las de Tucumán y Salta, y participó en la reforma de la iglesia de San Miguel, bajo el mecenazgo de monseñor Miguel D’Andrea, dentro siempre de una producción creativamente homogénea, constante y reconocida.
En 1922, pasados ya los desastres bélicos que diezmaron su patria -lamentablemente no por única vez en el siglo-, Ferrari retornó a Italia, pero en 1926 regresó a la Argentina. Su prestigio como arquitecto lo llevó a ser requerido para patrocinar proyectos de envergadura como el Palacio Municipal de Bell Ville, la Capilla de Nuestra Señora del Huerto y el convento de las Hermanas Mercedarias, ambos en la ciudad de Córdoba. Pinturas suyas también existen en la iglesia de San Francisco.

El mural del claustro del santuario de Nuestra Señora de Pompeya, de su exclusiva autoría, acrecentaría todavía su consideración en el mundo artístico. Precisamente por esta última obra -apunta el doctor Luque Colombres, citando a Los Principios- el diario La Razón, de la Capital Federal, calificó a Ferrari como “inteligencia cumbre”.
Augusto César Ferrari, quien durante su primera estada entre nosotros también fue celebrado en Chile como arquitecto y como pintor de valoración internacional, fue distinguido y premiado asimismo en lugares como París, Londres, Berlín, Viena y Saint Louis.
A su talento Córdoba le debe nada menos que el templo de los Capuchinos, emblemático en sí mismo pero también un conjunto de obras más modestas en sus pretensiones aunque singulares en sus contenidos.
Reveladoras no sólo de un concepto propio del autor sino de sentimientos y convicciones íntimas que las hacen admirables a pesar de la secuencia implacable de los años.
La ciudad de Villa Allende guarda muchas de ellas como pequeños tesoros que conviene no perder de vista.

Nuevas Medidas de Aislamiento/Noviembre

(*) Abogado-notario. Historiador urbano-costumbrista. Premio Jerónimo Luis de Cabrera

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