Sobre la mediación en conflictos políticos (parte II)

Por Adriana Orsi Stuckert * – Exclusivo para Comercio y Justicia

Los conflictos son condiciones que acompañan todo cambio social e incluso resultan necesarios para éste. Son la expresión de tensiones y falta de consenso entre grupos distintos y mutuamente independientes con respecto a sus requerimientos, intereses y valores. Llevan a crisis y a escaladas destructivas que abarcan toda la sociedad, especialmente durante las fases de cambios socioeconómicos y transformaciones políticas, cuando se trata de distribuir nuevamente los medios de vida y las posibilidades de participación entre los diferentes grupos. El problema no reside en los conflictos en sí mismos sino en la manera como se manifiestan.
Por lo anteriormente considerado, el primer objetivo de todo mediador es procurar que entre las partes se genere la confianza suficiente para que acepten negociar un arreglo. Ésta es, con mucha frecuencia, su tarea más difícil y delicada, sobre todo porque los conflictos políticos suelen presentarse como inconciliables y porque a menudo se duda de la intención real del adversario y de su voluntad sincera de negociar de buena fe.
Si el mediador consigue que las partes se reúnan para acordar compromisos que pongan fin al conflicto, en una segunda fase propiciará que, en el proceso de negociación, ellas descubran intereses comunes suficientemente sólidos como para construir acuerdos duraderos. Por ello es imprescindible que el mediador sea imparcial y esté en condiciones de garantizar un acuerdo técnicamente factible y aceptable para todos, sin reservas. Es menester que el conflicto político haya durado el tiempo suficiente para que dentro de cada grupo se haya generado una corriente favorable a la negociación y deseosa de dialogar para poner un final al enfrentamiento. Es muy cierto que, conforme pasa el tiempo, el conflicto tiende a enquistarse y su solución se torna cada vez más compleja. Sin embargo, también ocurre que, ante la prolongación de la violencia y el desgaste que ello supone, haya cada vez más partidarios de la negociación. También es necesario que se haya detenido la evolución del conflicto; que las posiciones estén bien definidas, rígidas, de modo que se dé una pausa sin que haya modificaciones ni en la fuerza relativa de las partes ni en las manifestaciones del enfrentamiento. Es entonces cuando las partes saben que no pueden imponerse y empiezan a considerar la posibilidad, al principio remota y precaria, de negociar una con la otra.
Este cambio de orientación del enfrentamiento resulta ser un factor dinámico, pues introduce nuevas perspectivas que pueden ser ventajosas para los intereses de todos, y en particular para los líderes políticos. Otra condición necesaria para la negociación es que los costos de mantener el conflicto sean para ambas partes más onerosos que los beneficios que obtendrían en caso de seguir en la misma posición. En primer lugar se debe considerar el costo material del conflicto: la magnitud de la destrucción -incluso las muertes-, y las oportunidades perdidas; todo ello presiona en favor de la negociación. En segundo lugar, pesa el costo político que tiene para los líderes la elección de una de las dos opciones posibles: mantener la intransigencia o negociar. Para que las partes acepten entrar en una negociación es necesario que sea más costoso empeñarse en no ceder que aceptar el diálogo. Finalmente, es imprescindible que se convenzan de que las alternativas a la negociación -sosteniendo el conflicto- no sean una buena opción -porque debilitan políticamente a los líderes

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