«Por favor, quítenle la prisión domiciliaria a los represores»

Lo pidió Pablo Díaz, uno de los sobrevivientes de «La Noche de los Lápices» al declarar en el juicio por las torturas en el Pozo de Banfield

Pablo Díaz, uno de los sobrevivientes de «La Noche de los Lápices», reclamó hoy que se les quite el beneficio del arresto domiciliario a los represores acusados por el secuestro, torturas y violación sufridas por los 9 estudiantes secundarios en septiembre de 1976 y por otras 500 víctimas durante la última dictadura militar, al dar su testimonio ante la justicia.

«Qué horror, qué dolor, sáquenle la domiciliaria, les pido por favor; el crimen de lesa humanidad es el peor crimen del mundo», expresó con voz quebrada Díaz al cerrar su declaración ante el Tribunal Oral Federal 1 de La Plata, donde relató durante más de 3 horas su secuestro, su cautiverio junto a los otros estudiantes secundarios platenses y las torturas padecidas.

Pidió también no caer «en discusiones banales y cuantitativas sobre si fueron 30 mil o 9 mil» las víctimas del terrorismo de Estado durante la dictadura cívico-militar.

«Hagan este ejercicio, pongan en fila a 9 mil personas y a la primera desnúdenla, pónganle picana eléctrica en los pectorales, vagina o pene, arránquenle las uñas, y viólenla tantas veces como sea posible, hasta cansarse; después péguenle un tiro en la nuca y tírenla en una fosa común. Y cuando se cansen de hacer esto con las primeras cinco personas de la fila, llamen a sus hijos, a su esposa, a sus amigos para que los ayuden a hacerlo y aún así les faltará 8.885 personas para hacerle lo mismo», graficó.

Por eso, Díaz reiteró que los represores «tienen que tener prisión común y efectiva».

El TOF 1 juzga desde el 27 de octubre último a 17 represores, entre ellos a Miguel Etchecolatz, por los secuestros, torturas, crímenes y abusos sexuales cometidos contra casi 500 víctimas alojadas en los centros clandestinos de detención conocidos como Pozo de Banfield, Pozo de Quilmes y El Infierno, en Lanús.

La mayoría de los represores gozan de arresto domiciliario, salvo Etchecolatz y Jorge Di Pasquale.

«Hace 37 años que di el primer testimonio en relación a lo que voy a ratificar hoy, lamento por los que no han podido sobrevivir y agradezco haber sido adolescente cuando fui víctima porque me permite hoy poder testimoniar», expresó Díaz.

Contó detalles de su secuestro, el 21 de septiembre de 1976, cuando fuerzas conjuntas se presentaron esa madrugada en su casa y se lo llevaron, ante la mirada de sus padres y 6 hermanos.

Con emoción remarcó que «el 16 de septiembre ya habían sido secuestrados María Claudia Falcone, Horacio Ungaro, Claudio De Acha, Francisco López Muntaner, Daniel Racero y a partir del 17 a otros estudiantes secundarios: Emilce Moler y Patricia Miranda».

Se refirió así a los estudiantes, en su mayoría eran integrantes de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES), secuestrados tras reclamar por el boleto estudiantil secundario gratuito.

Explicó que primero fue llevado al centro clandestino de detención «Arana», donde los represores le dijeron con sorna que lo iban a llevar «a la máquina de la verdad», lo que, desde su inocencia, interpretó que «era como en las películas, que tenían sensor que indicaban cómo mentías, yo reclamaba me llevaran a esa máquina».

La «máquina de la verdad» era la picana eléctrica, como descubrió muy pronto Díaz, quien fue interrogado, maniatado y con los ojos vendados, sobre su participación en agrupaciones políticas y estudiantiles.

Tras un simulacro de fusilamiento, Díaz fue trasladado al Pozo de Banfield que, como recordó, «tenía la característica que éramos todos adolescentes» los alojados en ese lugar.

Allí -dijo- se encontró con los estudiantes secuestrados el 16 de septiembre y con otras jóvenes que estaban embarazadas.

El sobreviviente aportó nombres de los militares que vio en los centros clandestinos, nombres de los detenidos con los que compartió cautiverio y las mujeres que dieron a luz en la clandestinidad, a cuyos hijos nacidos en esas circunstancias les dijo que sus madres «nunca quisieron abandonarlos, nunca».

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