Tres historias, tres relatos de vida dignos de ser contados

María Teresa Andruetto (escritora), Clelia Riera (investigadora) y Claudia Ermeninto (médica), de izquierda a derecha, en la sede de Comercio y Justicia.

No comparten la misma profesión, no tienen la misma edad, sus intereses son distintos pero las une una gran vocación y un profundo amor por lo que hacen. Son ejemplos de fuerza, de voluntad y de trabajo. En esta edición, Comercio y Justicia las eligió para homenajear a las mujeres en su Día.

Por Silvina Bazterrechea – sbazterrechea@comercioyjusticia.info

La cita era en la sede de nuestro diario Comercio y Justicia; fue difícil combinar la agenda de estas tres mujeres, continuamente llena de actividades y compromisos. Tras varias llamadas acordamos el día; Claudia llegó con su valija de viaje; Clelia fue la primera y le siguió María Teresa. Como ocurre muchas veces entre las mujeres, rápidamente se saludaron y -como si se conocieran y se reencontraran después de años- la charla entre ellas fluyó sin mediar prácticamente presentación.

Claudia es Claudia Ermeninto (CE), conocida y reconocida por su tarea en Médicos sin Fronteras, organización en la cual desde hace 20 años trabaja por todo el mundo realizando misiones humanitarias.

María Teresa es María Teresa Andruetto (MTA), escritora argentina nacida en Arroyo Cabral. Hoy su refugio es Cabana, un tranquilo lugar en el que vive con su familia. Su máximo galardón lo obtuvo hace algunos años cuando recibió el premio Hans Christian Andersen, convirtiéndose en la primera latinoamericana en obtener esa distinción.

Clelia es Clelia Riera (CR), profesora emérita del Centro de Investigaciones en Bioquímica Clínica e Inmunología de la Universidad Nacional de Córdoba. Es investigadora del Conicet y -como si ello fuera poco- ahora también integra el directorio de la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica, perteneciente al Ministerio de Ciencia y Tecnología.

Café mediante, las tres comenzaron la charla recordando sus inicios en la profesión. Dueñas de una gran simpleza que sorprende, las coincidencias no tardaron en llegar: las tres atribuyeron a la suerte una cuota de su destino, a ello le sumaron esfuerzo, vocación, estudio…

– ¿Cómo fue comenzar a escribir? ¿Siempre quisiste ser escritora?
-MTA: Un escritor se va haciendo al margen de los otros trabajos que realiza, el escribir es lo que uno hace en tiempo de pasatiempo, de hobby, al principio para mí era como quien va al cine. Hasta pasados los años no me imaginé una escritora en el sentido público, eso fue viniendo. La escritura es como una profesión de la vejez porque -si bien se puede empezar a escribir de joven- muchas veces los resultados se ven años después, es de fruto tardío.

Creo que las cosas se van construyendo a lo largo del camino como una especie de negociación entre lo que la vida va ofreciendo y lo que uno elige en esa oferta de la vida. Desde joven quise hacer esto, escribir, pero mucho más tarde estuvo la idea de ser una escritora.

A la conversación rápidamente se sumó Claudia. Ella cuenta que desde muy pequeña tenía claro que quería ser médica pero fue cuando realizó su primera comunión que entendió que su vocación iba mucho más allá y “que no podía cuidar su propio rancho y que el resto reventara”.

-CE: Yo siempre decía que la vida no puede ser sólo estar de novia, tener hijos. Cuando me preparé para la comunión juntábamos alimentos y nos íbamos a compartir un mate cocido con algún indigente en alguna villa, eso me marcó para siempre, salir de la realidad de uno y ver la mirada de otro.

A los 26 años a pocos meses de recibirse de médica Claudia emprendió su primera misión a África para realizar tareas de atención primaria de la salud. Dice que esa experiencia la marcó a fuego y desde allí nunca más paró. Estuvo en Mozambique, Ruanda, Níger, así como en Armenia, en la ex Unión Soviética, en Colombia trabajando en la zona roja de las Farc, una lista interminable de experiencias inigualables.

-Contanos cómo fue vivir en aquellos lugares.
– CE: Uno ha vivido cosas muy duras que marcan pero, como dice un médico amigo, se va haciendo una “capita” de muchos dolores que uno atesora. A pesar de haber hecho muchas misiones humanitarias nunca me he terminado de acostumbrar: todavía me emociono, todavía lloro pero no con un llanto de desesperación sino de bronca, de reacción.

En una de nuestra misiones en Níger llegamos a tener 300 niños en pequeñas ciudades, venían con sus mamás a morir en nuestros hospitales. Siempre digo que el día que me acostumbre a todo eso me volveré a Argüello y me dedicaré a hacer huerta.

Casi paradójicamente, Claudia – quien ha salvado a miles de personas – dice que la profesión fue su “tabla de salvación”. Una sensación similar comparte Clelia , quien -tomando una frase prestada de otra colega- asegura que “la inmunología le salvó la vida”. Recuerda Clelia que casi por casualidad hizo su doctorado en Estados Unidos, donde se especializó en inmunología.

-CR: Yo hacía las prácticas en el Hospital de Clínicas; el director del laboratorio nos llamó y nos dijo que había una beca en EEUU; yo sabía inglés y me fui. Así fue que empecé, en junio estaba trabajando y haciendo el doctorado en inmunología, estuve tres años y cuando volví rendí la tesis y me incorporé en la universidad, de donde nunca me fui.

Clelia dirigió 12 tesis doctorales, en 2003 fue elegida por el jurado de los premios Konex como una de las cien científicas destacadas. Pese a todo, ella dice que no ha hecho nada excepcional. Que fue una alumna normal, aunque dedicada. Para ella el esfuerzo y el estudio es lo más importante.

– CR: A mí me gusta mucho la expresión que usa Tomas Abraham, en el sentido de que la única forma de poder obtener logros -ya sea siendo mujer u hombre- es sentarse bien y estudiar todos los días. Y estudiar plenamente, no esperar que nos regalen nada, la educación es la que nos puede salvar a todos.

Las palabras de Clelia hicieron un paréntesis en la charla y cada una dejó su mensaje.

-MTA: Yo les diría a las mujeres que hagan lugar a su deseo y que intenten sostenerlo con disciplina y trabajo. Yo estudié letras en la Universidad Nacional de Córdoba, trabajé en la docencia formal y en la no formal, con jóvenes, ancianos y niños. En el medio siempre escribí, porque sí, para mí, hasta que en algún momento sentí la necesidad de empezar a publicar. Así fue como comencé a buscar espacios porque en ese momento Córdoba no era un polo editorial ni existían los medios de comunicación que hay hoy.

Claudia se suma a la reflexión y le agrega algunos condimentos

CE: Es una cuestión de voluntad, de querer, de formarse y también es la historia de uno. Yo soy lo que soy gracias a mi entorno, a mi familia, a mis amigos, soy lo que son los otros, me he nutrido gracias a todos y la cuestión profesional es una cuestión de vocación y de creer en lo que uno hace.

Si tuviera que volver atrás y elegir, haría exactamente lo mismo cada día a pesar de lo bueno y lo malo que me ha ocurrido. Para mí esta forma de ejercer la profesión es una manera de honrar la vida.

La charla continuó entre anécdotas y recuerdos, luego Clelia ofreció llevarlas en su auto y así partieron las tres.

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