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Líderes del presente, ¿problemas del futuro?

 Por Claudio Pizzi *

El liderazgo fue, es y será indispensable en cada una de las fases de nuestra existencia. El rol emerge como consecuencia de la necesidad del ser humano de organizarse, agruparse y cooperar para interactuar con la naturaleza, y enfrentar los desafíos que le proponía la prehistoria para poder sobrevivir.
La sociedad moderna, caracterizada por los avances tecnológicos y la omnipresencia de las redes sociales, sigue demandando “orientación y representación”. Eso es lo que hacen los líderes. Guían, convencen, conmueven, conducen. Su capacidad de influencia fue objeto de múltiples estudios. Desde los rasgos, el comportamiento, desempeño, hasta su capacidad de relacionamiento, carisma, poder y visión. Sin embargo, hay algunos aspectos que parecen olvidados, o al menos, “descuidados”, y se encuentran en el corazón del liderazgo. Son las respuestas a preguntas tales como: ¿cuáles son los principios y valores que deben guiar la conducta de un líder?, ¿a quién le debe fidelidad?, ¿qué tipo de compromisos debe asumir y con quién?
El mundo se nos presenta como un escenario repleto de conflictos -bélicos, ambientales, sociales-. Algunos de estos problemas fueron generados por la modernidad y otros se mantienen intactos, como los que tenían que enfrentar los australopitecos que habitaron en África. El capitalismo, generador de riqueza y prosperidad, ha funcionado mediante un contrato básico y primitivo como la democracia, la división de poderes y la organización de mercados de bienes y servicios. Este sistema, construido sobre la base de una necesidad básica como la libertad, fue el que derribó al socialismo. Hoy sabemos que no es perfecto. Genera evidentes asimetrías. El mundo requiere de líderes que estén dispuestos a encontrar un destino común en un orden diferente. Ahora bien, ¿qué necesitan ellos para generar una visión global que contemple la solución de estos graves problemas?

Se dice de Donald Trump -presidente de EEUU- que su estilo de liderazgo genera antagonismos; que es precipitado, mezquino, cambiante e ineficaz. Algunos lo consideran un líder mesiánico, vanidoso e impulsivo. Del otro lado del mundo, Xi Jinping -presidente de China- representa el progreso y la estabilidad en ese país. Es quien ha promovido grandes proyectos contra la pobreza. Se lo define como un líder reformista, de discursos inspiradores y sugestivos, muy apto y competente, y se le adjudica el papel central en la gran misión del rejuvenecimiento de esa nación. Respecto de Putin, algunas notas de investigación dicen que la base de su popularidad se asienta sobre tres aspectos: el “mitológico”, el cotidiano y el de identificación con el seguidor. Con el ruso “de a pie”. El primer aspecto actúa sobre el carisma. El héroe, o padre de la nación que lucha contra los enemigos de Rusia. Los otros dos aspectos tienen que ver con el proceso de imitación. “A la gente le gusta porque tiene los mismos complejos y defectos de ellos”.
En este caso, el líder representa las características sociales, sean éstas buenas o malas (amabilidad u hostilidad, buen trato o dureza, confianza o desconfianza) y el efecto imitación a través de actos, exhibiciones y extravagancias sociales, lo que le confiere de empatía suficiente para identificarse con la sociedad.
Estos tres personajes concentran buena parte del poder mundial en términos de decisiones. Tienen en sus manos la capacidad de generar un “enfrentamiento bélico que elimine todo ser vivo de la faz de la tierra”, pero también la capacidad de trabajar en equipo en pos de la humanidad. Creo que esto deja en claro que el liderazgo es una fabulosa herramienta de construcción de poder.
Argentina es un micromundo. Es el fiel reflejo de los problemas globales que debemos enfrentar, sumados a los autóctonos. Transcurre su tiempo institucional atrapada en un ciclo político vicioso que desde hace un siglo o más gira alrededor de dos extremos: el “populismo” y el “ajuste”, con la economía como rehén de esta circunstancia. En la superficie aparecen los “efectos”, como los problemas con el dólar, las inversiones, el endeudamiento externo, el déficit fiscal o la inflación; pero en el fondo, dos cuestiones centrales, a mi criterio, “causales”, afectan la posibilidad de desarrollo sostenible del país. La calidad “promedio” de nuestra educación y cultura, y la calidad “promedio” del liderazgo. Ambos resultan ser círculos negativos reforzadores. Si estas dos cuestiones de base no se resuelven, difícilmente podremos alcanzar un estado de bienestar permanente. Problemas económicos tienen todos los países del mundo. No obstante, cuesta encontrar economías quebradas que correlacionen con sociedades de un elevado nivel cultural y de educación.

Una sociedad educada debería generar en términos promedios, líderes más sanos y preparados que se encuentren en mejor condición para tomar decisiones y lograr consensos.

Steve Jobs acuñó una frase: La sencillez es la máxima sofisticación. El liderazgo es simple y complejo a la vez. La sencillez tiene que ver con la capacidad de acuñar buenos valores y principios, y obrar a partir de ellos. Esto es la “máxima sofisticación”. Nuestros líderes no han tenido la grandeza ni la visión que hace falta para evitar caer en la trampa del ciclo político vicioso. Se han preocupado en esencia por construir poder para satisfacer “pequeños egos personales” u objetivos de muy bajo vuelo. Han encontrado una forma de sobrevivir en la mediocridad, arrastrando a la sociedad hacia el conflicto y la división permanente, inventando enemigos externos e internos ficticios para justificar pensamientos extremistas. Si lo queremos de otro modo, Argentina es un espejo del mundo. Y el mundo, por lo menos en este aspecto, se asemeja bastante a ella.
Más allá de la imagen que quieren transmitir, de sus conductas gestuales y el uso y abuso del marketing político, los datos suelen hablar por sí solos y pueden contestar las preguntas esenciales en torno al liderazgo, el trabajo en equipo y la responsabilidad social. Los gastos militares como porcentaje del PBI mundial han descendido considerablemente desde la década de 60 a la fecha. Sin embargo, el gasto militar mundial ascendió en 2017 y se convirtió en el más alto desde la guerra fría según un estudio difundido por el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (Sipri, por sus siglas en inglés). Los principales inversores son Estados Unidos, China, Arabia Saudita, Rusia e India. Por otro lado, un mundo más desigual emerge con un número creciente de personas cada vez más vulnerables a la pobreza, según el informe del Índice de Desarrollo Humano del 2014, lo que revela que los esfuerzos que se están realizando para reducir la marginalidad extrema que, de acuerdo con definiciones de la ONU, significa vivir con menos de 1,25 dólar al día, no son lo suficientemente significativos para lograrlo.

Los humanos “terrenales” nos preguntamos si los grandes líderes de la actualidad y los sucesores poseen cualidades filantrópicas que estén a la altura de estos desafíos; si tienen la grandeza suficiente para generar consensos sobre todos los problemas que he mencionado, o si sólo se reservarán el rol de representar a una porción del mundo. Los líderes transformacionales “positivos” estimulan, entusiasman e inspiran (transforman) a sus seguidores a alcanzar resultados extraordinarios.
Hay dos frases que se le atribuyen a John Quincy Adams, diplomático y político norteamericano, sexto presidente de los Estados Unidos, que resumen bastante bien las cuestiones del liderazgo. La primera dice: “Si tus acciones inspiran a otros para soñar más, aprender más, hacer más y cambiar más, tú eres un líder”. La segunda dice: “Proporcionar los medios para adquirir conocimiento es… el mayor beneficio que puede ser conferido a la humanidad. Prolonga la vida misma y amplía la esfera de la existencia”.

El liderazgo transformacional es más que carisma, ya que un líder transformacional intenta inculcar en sus seguidores la habilidad de cuestionar no sólo las opiniones establecidas, sino también las del líder. Preparan a otros para liderar y el carácter de “positivos” tiene que ver con la guía ética en la cual deben desenvolverse. La honestidad, la transparencia, la capacidad de dar un paso al costado y una visión enfocada en el “bien común”. En términos generales, asociamos a los líderes con la política, y eso pone en evidencia nuestra falta de compromiso con el rol. El liderazgo y su “calidad promedio” pueden observarse en toda una sociedad a través de las actitudes, aptitudes y decisiones que toman los referentes sindicales, los empresarios, los periodistas, los maestros, los jueces y fiscales, los legisladores; en definitiva, todos nosotros.
Los líderes del mundo -y los autóctonos- están en deuda. Quizás no tengan muy en claro las respuestas a las preguntas que he mencionado al principio de esta nota. Nosotros, como sociedad, tenemos la obligación de exigirles ingenio, humildad, sabiduría, y conductas adecuadas, si pretendemos vivir en un ecosistema más digno, humanitario, equitativo, y sustentable.

* Licenciado en Administración. Profesor universitario

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