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El plan estratégico, ¿realidad o mito? ¿es posible implementarlo en Argentina?

“Si el país hubiese desarrollado uno serio alguna vez, se habría ahorrado varias décadas de fracaso y hoy no estaría mirando al cielo, implorando una buena cosecha de soja que le permita ganar unos cuantos dólares para recomponer sus reservas”, aseguró el especialista Claudio Pizzi

CLAUDIO PIZZI

“Es tentador pensar en planes y agregarle la palabra ‘estratégico’. Revisando lo que ocurre en el mundo, podemos observar la existencia de diferentes tipos para diferentes áreas. Entidades como la Organización Panamericana de la Salud o la Organización Mundial de Sanidad Animal los exhiben en la web. En los países se los conocen como “planes nacionales de desarrollo”. Existen ejemplos como España y su proyecto para la diversidad biológica 2011–2020, o China y su plan quinquenal 2021– 2025 y lo que se conoce como la nueva ruta de la seda y el desafío de cambiar su modelo económico”, señaló a Factor Claudio Pizzi, Licenciado en Administración, magíster, docente universitario y director de www.dorbaires.com.

¿Qué necesita un plan para ser considerado estratégico?

Un programa integral de esta categoría requiere de “objetivos estratégicos”. Los Estados nacionales, provinciales y municipales colocan en ese nivel la justicia y la seguridad, la competitividad de la economía y la generación de empleo, la búsqueda de igualdad de oportunidades, la sustentabilidad ambiental, el fortalecimiento de la democracia, la reducción de la pobreza, la disminución de la desnutrición infantil, etcétera. Para medir los avances, se utilizan indicadores como por ejemplo el índice de progreso social, el coeficiente de Gini, o el índice de desarrollo humano (IDH), del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Muestran los logros o desaciertos sobre la longevidad, la salubridad de una población, su nivel de escolaridad y el Producto Bruto Interno (PBI) per cápita.

Se han realizado diferentes análisis y conclusiones acerca de las relaciones entre los ingresos, el empleo y el desarrollo social. Un informe publicado en la BBC lo muestra. Aart Kraay, economista del Banco Mundial, dijo en el reporte que “una buena gobernabilidad en un país tiende a persistir, pero es muy difícil llegar ahí” y agregó: “El respeto a la ley es un factor determinante para el éxito de cualquier plan”. 

Establecer objetivos claros que relacionen causa con efecto es de suma importancia en este tipo de planificación. En términos sociales, no siempre los “grandes números” acompañan el desarrollo social. 

¿Puede aportar algún ejemplo?

Si, uno de ellos es Países Bajos, que tiene un PBI similar al de Arabia Saudita, pero se encuentra por encima en términos de progreso para sus ciudadanos. En la Unión Europea, no se observa una correlación directa entre el progreso social y la tasa de desempleo. La cantidad de empleo no habla necesariamente de la calidad de vida por la cambiante naturaleza del trabajo. El trabajo subsidiado, por ejemplo, no lleva al progreso social. En dicho informe, Juan Botero, director Ejecutivo del proyecto Justicia Mundial, pone como ejemplo a Costa Rica. País no muy diferente del resto de los latinoamericanos que ha tenido, en las últimas décadas, instituciones muy fuertes. Sus resultados sociales superan los de los países vecinos. Se la considera una sociedad más pacífica y próspera.

Entonces, ¿qué conclusiones surgen a partir de lo que usted acaba de referir?

Podemos decir que los planes estratégicos se encuentran vigentes en el mundo tanto en países como en organizaciones con o sin fines de lucro. Desarrollados de forma eficiente pueden acercar soluciones importantes a los ciudadanos, así como llevar a las empresas hacia la sustentabilidad que, en definitiva, tiene que ver entre otras cosas con el “desarrollo social”. Ponerlos en marcha, no requiere de recursos extremos sino de inteligencia, investigación y apertura mental. Su mayor complejidad radica en el entendimiento de sus dimensiones y su base conceptual. 

Jonatan Loidi -autor, consultor, conferencista, con cuyos conceptos coincido- dijo: “El plan estratégico es un documento integrado en el plan de negocios que recoge la planificación económico-financiera, estratégica y organizativa con el que una empresa u organización cuenta para abordar sus objetivos y alcanzar su misión de futuro. También ha dicho lo siguiente: “Por alguna razón, en la órbita estatal ni siquiera se debate en profundidad la idea…Argentina necesita un plan estratégico, y punto. Con consenso, interdisciplinario, con visión, con objetivos claros y con la política en función de la estrategia. No al revés”. 

¿Cree usted que Argentina puede desarrollar un plan estratégico?

Según mi observación, Argentina no está preparada para desarrollar un plan estratégico que resuelva los problemas de fondo con el que convivimos desde hace un siglo. Para poner en órbita un proyecto de esta magnitud, se necesitan ciertas condiciones de base. En primer lugar, un diagnóstico causa–efecto “real y compartido”. No podemos encontrar una solución si la prescripción de la enfermedad, aunque sea multicausal, no es clara. Si el diagnóstico es “político”, no es real. Debemos precisar con exactitud hacia dónde queremos ir, y qué queremos ser. Una organización o un país que no definen sus pretensiones no encontrarán orientación específica para guiar sus acciones. “Para saber a qué jugar, primero debemos definir si queremos buscar el campeonato, mantenernos en la mitad de la tabla o salvarnos del descenso”. Partiendo de un “diagnóstico compartido”, del desarrollo de una visión y la misión, tendremos que elaborar y desplegar la estrategia que nos lleve a ese futuro deseado. ¿Los argentinos queremos o no queremos ser un país desarrollado?; y si lo queremos, ¿estamos dispuestos a hacer los sacrificios que se deben hacer para llegar y mantenerse allí, aunque esto implique renunciar a ciertos derechos adquiridos?

Existen frenos de importancia en Argentina para la aplicación de un plan de estas magnitudes que pretenda cierto éxito. Éstos son: el desacreditado sistema político actual, la calidad promedio del liderazgo, la calidad promedio de la cultura y la educación de los ciudadanos, la precariedad institucional. Para tener éxito, un plan estratégico debe lograr consensos presentes y futuros. Se debe practicar un seguimiento y controlar los resultados. Debe existir un compromiso amplio y fuerte para no discontinuarlo y la suficiente “flexibilidad” para encauzar la estrategia todas las veces que sea necesaria entendiendo el contexto cambiante e incierto en el que países y empresas están inmersas. 

En un trabajo editorial de los años 80, Mckinsey, Peters y Waterman desarrollan lo que, junto a R. Pascale y A. Athos, definen como los siete elementos básicos de cualquier estructura organizativa. Éstos están relacionados con la cultura organizacional, los empleados, los procesos internos, la estructura (la forma en que se relacionan las variables), las habilidades y capacidades requeridas por los miembros, la estrategia, la manera de enfocar y organizar los recursos, y los “valores compartidos”. Estos últimos representan el corazón de la empresa. Unen a sus miembros y alinean a todos ellos en la misma dirección. Los valores y principios, son el elemento central del sistema que se conecta con los otros seis elementos. 

Dale Carnegie, empresario y escritor estadounidense dijo alguna vez: “Una hora de planificación puede ahorrarte 10 horas de trabajo”. Si Argentina hubiese desarrollado un plan estratégico serio alguna vez, se hubiese ahorrado varias décadas de fracaso y hoy no estaría mirando al cielo implorando por una buena cosecha de soja que le permita ganar unos cuantos dólares para recomponer sus reservas.

La clave: superar la “grieta” 

Según Pizzi, un plan estratégico para Argentina es “imprescindible” pero en las condiciones actuales, tendería al fracaso. Los principios y valores deben ser compartidos, claros y “positivos”. “Un país ‘agrietado’ al medio tiene por lo menos dos diagnósticos sesgados y, por lo tanto, dos soluciones sesgadas. Esto no sería razonable en términos estratégicos. Un plan integral es una gran idea que podría funcionar con el compromiso de todos si quedan de lado la mezquindad del poder y la voracidad por los votos”, señaló. 

De acuerdo con el profesional, al igual que en una empresa privada, el país requiere de orden y de funcionamiento institucional para no caer en una expresión de deseos vacía de contenido. Aunque se esté lejos, es imprescindible poner el tema sobre la mesa y a partir de las diferencias encontrar los caminos para discutir por lo menos, algunas políticas de estado imprescindibles para salir de las crisis recurrentes que caracteriza al país. 

“El desacreditado sistema político actual, la calidad promedio del liderazgo y la precariedad institucional son algunos de los frenos de Argentina para desarrollar un plan que pretenda cierto éxito”.

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