“Al abogado del futuro ya no le alcanza con ser un experto normativo”

Para Carolina Granja,  directora del Instituto de Gestión en Sistemas de Justicia (IGSJ) de la Universidad Católica de Córdoba (UCC), los letrados necesitan apropiarse de otros saberes que trascienden al Derecho. Abandonar el paradigma del litigio e inculcar en los nuevos profesionales la importancia de la empatía y la actitud de servicio, entre los grandes desafíos de la profesión en los tiempos contemporáneos

Por Silvina Bazterrechea – sbazterrechea@comercioyjusticia.info

Se viven tiempos de cambio, lo que obliga a las profesiones a ir mutando al compás de las necesidades de la sociedad. Por supuesto, en esta vorágine, la abogacía de ninguna manera queda al margen. Mejorar el acceso a la Justicia, y resolver de una manera más efectiva y ágil los problemas de los ciudadanos obligan a repensar el ejercicio de la profesión.
¿Cuál es el camino que deben seguir los nuevos profesionales del derecho? ¿Cómo acompañan las universidades los procesos de formación de los futuros abogados? ¿Cómo se aggiornan los poderes del Estado frente a los nuevos desafíos?
El mero conocimiento técnico normativo e incluso jurisprudencial ya no resultan suficientes para hacer frente a los desafíos diarios de labor, advirtió la abogada Carolina Granja, directora del Instituto de Gestión en Sistemas de Justicia de la Universidad Católica de Córdoba.
Granja, quien es además especialista en Dirección Estratégica de Recursos Humanos y responsable de la Oficina de Gestión Estratégica y Calidad del Tribunal Superior de Justicia, reflexionó con Comercio y Justicia sobre estos tópicos, en el Día del Abogado.

-¿Cómo debemos pensar la abogacía hoy?
-Cuando uno habla del abogado tiene que citarlo en un contexto y, en este contexto latinoamericano y mundial, de cambios profundos, de vorágines en los desarrollos tecnológicos, con un fuerte crecimiento poblacional -que a nivel judicial implica más litigiosidad- uno se pregunta cómo respondemos desde las universidades latinoamericanas a estos nuevos desafíos.”De la misma manera” no parecería ser la respuesta correcta. Sin dudas, es necesario pensar en otros caminos.
Y aquí lo primero que tenemos que pensar es qué perfil humano necesitamos, porque delinear el perfil del abogado no es, ni más ni menos, que delinear el perfil de qué Estado queremos. En los Estados como el nuestro -que son Estados democráticos de Derecho- el rol del abogado es esencial y no es una pregunta menor pensar qué perfil de abogado queremos diseñar.

-¿Y las universidades se están haciendo esta pregunta?
-En nuestro país y en Latinoamérica se habla de áreas de vacancia en la abogacía. En el orden nacional hay un programa que se ha sostenido a lo largo de los diversos gobiernos, que es un programa de formación en áreas de vacancia de la abogacía, en el que se les preguntó a todos los rectores y decanos de las Facultades de Derecho del país en cuáles ejes creían que los abogados debían ser fortalecidos. Delinearon y consensuaron algunos ejes y uno de ellos fue el tema de la Gestión judicial. Desde la Universidad Católica de Córdoba presentamos un proyecto que fue uno de los 25 seleccionados en el ámbito nacional y, ese proyecto sentó las bases para crear el Instituto que ahora dirijo, que es el Instituto de Gestión en Sistemas de Justicia. Ese instituto dio lugar a una materia de grado opcional sobre la abogacía, la gestión de la prensa y la comunicación. También desde el Instituto se generó una diplomatura en enlace con el Poder Judicial de Córdoba que busca apuntalar las instituciones del Estado, la Judicial en particular, pero desde competencias no jurídicas.

– ¿Cuáles son esas competencias no jurídicas que les enseñan a los abogados?
– Son varias. Está la necesidad, por ejemplo, de que los abogados sepan generar indicadores y cómo utilizar los datos que generan en el quehacer diario. También estamos hablando de la necesidad de que aprendan a comunicarse a nivel externo -para que podamos utilizar los medios de comunicación como un enlace positivo con la sociedad- y también se enseña la comunicación interna, puertas adentro de las instituciones. Otro punto a reforzar en nuestro quehacer diario como abogados es el liderazgo y el trabajo en equipo.

– Cambia la idea del abogado ejerciendo la profesión de manera individualista…
– Lo que hay que pensar es que hoy cualquier abogado que trabaje en un estudio jurídico, en una Fiscalía o en un Juzgado no lo hace solo. Aquí hay que detenerse a pensar sobre la didáctica docente, quizás no necesitamos concretamente una materia que se llame “Liderazgo”. Podría existir, pero al menos como docentes tenemos que pensar en qué comportamientos fomentamos en los alumnos. Uno piensa en trabajo en equipo, pero un trabajo en equipo no es presentar una monografía colectiva con el nombre de todos, es cómo enlazamos los saberes de uno con los saberes de otro, cómo los integramos en la clase donde el docente ya no se para en una clase magistral y expone para que el alumno tome nota; es otra cosa, es dar la posibilidad para generar conocimiento desde el alumno.

 – ¿Cómo debería ser, entonces, el abogado que necesita esta sociedad?
– El abogado del futuro ya no necesita ser un experto normativo, una persona diestra en el manejo de la ley, conocedor de la última jurisprudencia de la Corte Suprema, que maneje aquella doctrina más encumbrada; no le basta, es necesario pero no es suficiente para alinear el trabajo. Hoy se necesita tener la capacidad para relacionar ese saber con otros, para aplicar esos saberes a la vida cotidiana, para saber proyectarlos por medio de nuevas tecnologías. Las normas son un instrumento más, un instrumento muy valioso pero no dejan de ser un instrumento.
Nuestra profesión como abogados se ha sostenido en el saber normativo pero cuando uno analiza las competencias podría dividirlas rápidamente en tres: están las competencias cognoscitivas, aquel saber formal que nos da cualquier universidad en cualquier ciencia; luego tenemos el saber procedimental, en el que uno fortalece las aptitudes, las destrezas: allí a los abogados nos han subrayado la perspectiva normativa como la gran destreza, el conocimiento memorístico incluso; y, allí -por supuesto- nos faltan destrezas de otras ciencias para administrar, para planificar, casi que tenemos pymes en algunos estudios jurídicos, en los juzgados trabajan muchas personas y, pese a todo, no tenemos capacidad para planificar, para diseñar indicadores, para formar equipos, para comunicar hacia dentro y hacia fuera. La tercera competencia, para nada menor, es la actitudinal que tiene que ver con el saber ser, con cómo uno hace lo que hace. Y allí uno se pregunta ¿es posible trabajar la actitud? Y la respuesta es “sí”.

-¿Y cuáles son esas actitudes que deberían trabajar?
-Una de las actitudes que tenemos que trabajar, sobre todo los que tenemos nuestra labor apuntalada en el Estado, es la empatía. Esto de saber mirar a través de los ojos del otro, servir a través de los ojos del otro, eso requiere de un gran esfuerzo. Muchas personas tienen esa actitud innata pero para quien no la tenga, nosotros tenemos que saber hacerla desarrollar. Generar actitud de servicio: nosotros hemos sido formados en la cultura del litigio y hay que cambiar el paradigma del litigio al servicio. Y esto pensando en cualquier lugar que ocupe el abogado, sea cual fuere el poder del Estado (Legislativo, Ejecutivo, Judicial) pero también pensando desde los estudios jurídicos. A los abogados muchas veces se les exige ser parcial, defender determinados intereses, como otras veces necesita ser imparcial, pero en cualquiera de los lugares donde se encuentra debemos formar a los abogados hacia el servicio y en empatía.

-¿Qué pasa con el lenguaje en la formación de los abogados, siguiendo este razonamiento de la empatía?
-El lenguaje es la base de la comunicación y la base para generar empatía; el lenguaje y la escucha. A nivel académico tenemos en el Poder Judicial una diplomatura en comunicación judicial pero, más allá de eso, y con relación al lenguaje en sentido amplio, resulta imperioso generar cauces de comunicación claros y directos, en los que -sin prescindir de las cuestiones técnicas necesarias que hacen a la cuestión normativa, ni soslayarlas- hay que pensar qué destinatario real tiene una decisión, tanto en el Poder Judicial como en otros poderes del Estado. Aquí entonces tenemos que saber que el lenguaje técnico es muy necesario pero también tenemos que entender el para qué de la comunicación, entender el destinatario y el objetivo del mensaje, parándonos en las necesidades del otro. Si esa otra persona es un abogado, le daremos los artículos del Código en los que apoyamos los fundamentos pero cuando uno se comunica con un niño o con otras personas, o se es legislador y se comunica con la sociedad, en general debe saber cómo hablar. No hay que perder de vista que cuando el abogado trabaja en el Estado, la responsabilidad es doble porque el destinatario ya no es un cliente individual con un interés individual y parcial. Entonces, desde esa competencia necesaria de fortalecer la empatía, uno se pregunta qué necesita saber ese otro, cómo necesita saberlo y, a partir de allí, puede diseñar el lenguaje más apropiado… necesitamos abogados que estén alineados con la misión del Estado.

-¿Qué tan lejos estamos de desarrollar estas actitudes en los nuevos profesionales del derecho?
-Con gran satisfacción observo que Latinoamérica está caminando. Las modificaciones y cambios profundos que han habido en la sociedad necesitan no sólo ser acompañados de modificaciones normativas porque las reformas normativas van a ser letra muerta si no generamos destrezas para apuntalarlas y si no tenemos competencias desarrolladas para hacerlas visibles en la sociedad. Uno a veces cree que modificando una ley va a modificar un comportamiento, y esto no es así.

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