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El mito del agilismo y la gamificación

Por María Julia Pinha (*)

 Análisis recientes muestran que a gran parte de las organizaciones les interesa trascender, lograr excelencia, trabajar en equipo, generar compromiso, entre otros valores. Algunas de ellas, incluso, buscan dejar una huella y que sus grupos de interés se sientan orgullosos de pertenecer. Esto implica adaptarse, cambiar, aprender, revisarse y animarse a mirar nuevas alternativas de trabajo.
Durante 2019 mucho se escuchó sobre el agilismo y la gamificación. Hubo quienes se animaron a comenzar a modificar su cultura y filosofía de trabajo en esta línea, y quienes dijeron no aplicarlos por no ser una empresa de vanguardia o multinacional. He aquí el mito que deseo desestimar.
Varias pymes, aun a costa de desconocer su gran potencial, no se animan a introducirse en un mundo que agiliza procesos y mejora la rentabilidad, por considerar que son prácticas lejanas e imposibles para una cultura conservadora.
Y tienen razón, en parte. Una cultura lleva años transformarla, es un paso a paso, un detalle a detalle, y sin embargo, no por ello hay que quedarse quietos. Se puede comenzar a aplicar partes de estas filosofías de trabajo, introducirlas gradualmente en los procesos diarios.
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¿Qué es esto del agilismo y la gamificación?
En términos simples, el agilismo es una filosofía de trabajo que centra su atención en resolver los problemas, en satisfacer al cliente y entender al error como parte del proceso. Por ello trabaja con revisiones y mediciones frecuentes de los objetivos, y una participación activa de todos los actores necesarios. Pone el foco en el equipo (y en su autogestión) y en la efectividad de las comunicaciones. Trae sobre la mesa la simplicidad en los pasos y la aceptación del cambio como parte del avanzar.
Al igual que en el modelo tradicional, existen fases de análisis, desarrollo y pruebas, pero, en lugar de ser consecutivas, están solapadas. Para ello, la metodología presenta herramientas que valen la pena mirar: Scrum, Kanban y Lean (entre otras). Nació de la industria del software, pero es totalmente adaptable a casi cualquier industria y rubro.
Por su parte, la gamificación implica aplicar dinámicas lúdicas a la diaria laboral. Dinámicas que conecten con emociones positivas, fluidez y liviandad. Recordemos que, desde que nacemos, somos una fuente inagotable de mirar, tocar, manipular, experimentar, inventar y expresar, en definitiva, de jugar.

Jugar es una necesidad que nos abre las puertas del aprendizaje como niños y como adultos. Somos seres emocionales que aprendimos a pensar y aquí apunta la gamificación, a trabajar la emocionalidad para “destrabar” el pensar.
¿Para qué hacerlo? “Implica tiempo que deberían usar para lo que tienen que hacer”, “¿adultos jugando? Acá estamos para trabajar”, “no se van a sumar”, son creencias que he escuchado cuando converso del tema.
Desde mi mirada, hacerlo trae beneficios que impactarán en la productividad y en la rentabilidad.
Inicialmente ambas logran una manera diferente de conectar con el otro, de trabajar junto a otro. Habilitan a tipos de reflexión y resolución de problemas distintos a la habitualidad, dan más flexibilidad para adaptarse a los cambios y todo ello deviene en eficiencia de tiempos, recursos y emociones. Además, ambas herramientas permiten transformar la cultura, saliendo de aquella en la que el foco es solo sobrevivir, pasando por el estadio de la transformación, para llegar a tener una cultura en la que dejar una huella, agregar valor y trascender para los empleados y la sociedad, sean el centro (muy alineado con lo que desean las nuevas generaciones), aumentando en consecuencia el engagement y bienestar interno.

¿Cómo hacemos esto?
Un posible camino es:
1. Evaluar el nivel de alineación/caos de la cultura (por ejemplo, con el método de Barrett).
2. Investigar pasos de las metodologías y elegir partes que puedan aplicarse al día a día de la organización (sin perder de vista el objetivo estratégico y pilares culturales).
3. Hacer pruebas piloto en los grupos más permeables, con dinámicas como: daily, retrospectivas, gimnasia cerebral en reuniones, juegos varios (existen páginas en Internet de gamificación donde se pueden encontrar juegos según el objetivo que tengamos).
4. Medir, mediante entrevistas y observación, el impacto en la emocionalidad de los participantes y en los procesos.
5. Medir (previo diseño de indicadores) el impacto en el clima, la productividad y la rentabilidad.
Entonces… la gamificación y el agilismo impactan en la rentabilidad de la organización. Son posibles, adaptables y beneficiosas. El mito de que lo aplican empresas de primera línea allí quedó. Hoy es posible aprovecharlo en cualquier equipo, sólo queda animarse a la transformación y dar el primer paso.

 

(*) Facilitadora del Aprendizaje Organizacional. Miembro Fundadora  de la Red RRHH Interempresas