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Margarita Zatzkin (I)

Por Alicia Migliore*

Por Alicia Migliore (*)

Hay temas que nos salen al encuentro, nos buscan, nos siguen y persiguen. Mientras otras cuestiones nos distraen, esperan; luego, insisten, aparecen, se relacionan, se sueñan, nos desvelan. Eso me ocurrió con Margarita Zatzkin. Fue un atento lector quien me hizo conocer este personaje de nuestra historia. Ella pertenece a la historia de nuestra ciudad de Córdoba, a la de la humanidad con sus grandes desencuentros, a la de la lucha de las mujeres por conquistar sus espacios.
¿Cómo puede ser un nombre casi desconocido en la actualidad, entonces? Muchas pueden ser las respuestas: su condición de mujer, de extranjera, radicada en el interior del país (federal en definición y centralista en difusión cultural, política y económica) o todas ellas sumadas a un carácter determinado, rebelde y revolucionario.
Quién fue Margarita Zatzkin y por qué merece ser rescatada es el desafío que pretendo dilucidar para hacer un acto de justicia, tardío por cierto, pero igualmente válido según se verá. La investigación que llevó adelante Boris Blank (profesor titular por concurso en Cátedra de Ginecología y Obstetricia de la Universidad Nacional de Córdoba) plasmada en su libro Monseñor Pablo Cabrera y Margarita Zatzkin, la hebrea relata una vida azarosa con ribetes novelescos.
Sabemos que la realidad siempre supera a la ficción, como demuestra la investigación histórica. Informados de la persecución con que se victimizó al pueblo judío, llevada al paroxismo en el Holocausto o Shoa, podremos imaginar la travesía que realizó Margarita con sus padres huyendo de los progroms antisemitas de la Rusia zarista.
De aquella Odesa natal, con su planicie junto al mar Negro, donde su destino prefijado era la bucólica vida campesina, salieron a enfrentar nuevos peligros, impelidos por la necesidad de sobrevivir a la intolerancia y el terror que amenazaba sus vidas.
Sobrevivieron al viaje en la bodega del vapor Petrópolis, pese a las mínimas condiciones de salubridad existentes. Con el instinto gregario que une en la adversidad a los seres vivos, esta pequeña familia fue acogida en Moisés Ville por sus paisanos judíos.
No tenían riquezas para compartir; al contrario, debían luchar contra la pobreza y la hostilidad climática en la chacra donde procuraban ganar el sustento. Pero el sol de Entre Ríos derramaba la paz que Odesa les negaba y los colonos vecinos hablaban el mismo idioma, compartían el mismo pasado y albergaban los mismos sueños.
Es pequeña Margarita cuando se radican en la ciudad de Córdoba, probablemente buscando otro clima para su madre enferma. Sus saberes no le sirven demasiado en la Córdoba colonial, donde no hay vacas para cuidar y ordeñar. La soledad y tristeza por la muerte de la madre se transforman en un ímpetu vertiginoso para lograr la promoción humana y social a la que aspiraba. Ahora le llaman resiliencia, condición que le sobra a Margarita.
Extranjera, casi analfabeta, descubre que será la educación la herramienta transformadora de la realidad, la suya y la de su entorno. Decidida a avanzar en su formación exige su aceptación en el Colegio Nacional de Monserrat como alumna regular y obtiene título de bachiller en 1902.
El párrafo precedente no es sólo una frase; si hacemos un análisis detenido advertiremos varios datos relevantes que nos dan marco a una situación excepcional y revolucionaria: una mujer, una extranjera, a fines del siglo XIX, en el colegio que se jactó de ser el centro de formación de la dirigencia cordobesa, de donde saldrían los hombres que forjarían la historia, conforman un cóctel explosivo.
¡Qué no daría por haberla visto en su egreso en 1902, con su ropa humilde, su gesto digno, en medio del boato de los hijos varones de las familias ilustres! El mismo Colegio Nacional de Monserrat que un siglo después se negaba al ingreso de mujeres.
La humilde condición de Margarita no le significó resignación sino motivación; ella redobló la apuesta: aunque necesitaba trabajar para subsistir se inscribió en la Universidad Nacional de Córdoba.
Alternando las estampillas del Correo Nacional donde trabajaba, con la química y las fórmulas obtuvo su título de Farmacéutica en 1905. Fue la primera mujer que egresó de esa carrera en la Universidad Nacional de Córdoba.
Sin embargo, su gran admiración por el médico de los pobres colonos judíos radicados en Entre Ríos, Noé Yarcho, había provocado en ella una vocación irreductible: estaba decidida a ser médica. Y con el tesón que la sostuvo en la mayor adversidad obtuvo su título de Médica en 1909.
La primera mujer egresada como médica en nuestra querida cuatrisecular universidad.