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Ismael Bordabehere, testimonio del pensamiento reformista (II)

Por Carlos Ighina (*)

Lo conceptual, lo ideológico, lo intelectual y aun lo pasional pautaba una lucha que era titánica, pues -por una parte- la vieja estructura académica, la oligarquía, la canalla, según el agresivo y despectivo lenguaje de la juventud revolucionaria, cerraba filas con las armas de un bastión asediado, al tiempo que las emociones desbordaban los razonamientos, dinamizando a los atildados veinteañeros, dueños de las calles y amigos de las sombras.

La noche del 14 de agosto de 1918, a dos meses del estallido del Rectorado –según relataría el propio Ismael 50 años después en Rosario- un grupo de estudiantes reformistas, entre quienes se encontraban dirigentes y animadores como Horacio Valdés, Ceferino Garzón Maceda, Antonio Molina, Antonio Medina Allende, Emilio Biagosch, Natalio Saibene, Juan Carlos Roca y el mismo Bordabehere, provisto de gruesas sogas, derribó y arrastró la estatua del doctor Rafael García, expresión mayestática para los revoltosos del pensamiento conservador y figura cumbrera para éstos de una concepción académica canónica y eclesial, emplazada en la Plazoleta de la Compañía de Jesús, el espacio de respeto del templo de aquellos que configuraran la antigua universidad, la del siglo XVII, la que sólo había recibido un frescor de remozamiento hacia 1878, cuando el laicista Manuel Lucero ejerció el rectorado, pero guardando las mejores y caballerescas formas para con la persona del doctor García.

Cuenta Bordabehere que, amparados por las confusiones del alba, retornaron al lugar Antonio Molina, Horacio Valdés y Juan Carlos Roca, para rescatar las sogas y dejar el testimonio elocuente de un cartel que decía: “En Córdoba, sobran ídolos y faltan pedestales”. Hoy, la imagen del doctor García, obra del escultor Del Gobbo, se guarda en el recinto de la Facultad de Derecho.
En su charla reminiscente con un periodista de la revista Primera Plana, ocurrida en Rosario, con ocasión de la conmemoración del medio siglo de los acontecimientos de 1918, Ismael volvió a recordar los motivos de aquel desmán, que suena a aportación urbanística de carácter ideológico, al ceñirse al móvil de “ofrecer a la ciudad un pedestal para emplazar la estatua de Sarmiento, de Mitre o de Avellaneda”.
Poco más de diez días después de estos arrebatos se decidió una nueva toma de la Universidad, se declararon depuestas de hecho las autoridades y se nombraron nuevos decanos en cada una de las facultades, quienes asumieron bajo la forma de triunvirato el Rectorado que a lo largo de algo más de 300 años ocuparon jesuitas, franciscanos, clérigos como el deán Funes, adictos al gobernador Bustos, liberales de vieja alcurnia cordobesa.

Con la novedad de que eran estudiantes. Estudiantes que reclamaban por un tipo de enseñanza que creían necesario y conveniente. Ellos eran Horacio Valdés, por Derecho; Enrique Barros, por Medicina, e Ismael Bordabehere, por Ingeniería. Allí estaba la fulmínea historia de Ismael, de presidente de la “U” a rector en funciones compartidas de la Universidad de Córdoba en sólo un lustro y a los 24 años. “Heroica Paysandú, yo te saludo”.
En el edificio más expresivo de la famosa Córdoba de los doctores flameaba entonces la bandera estudiantil, sangre bullente que en los techos buscaba aires de libertades.
El 9 de septiembre intervino el Ejército y los ocupantes, con sus rectores, se entregaron sin resistencia. Los trasladaron detenidos hasta el Parque Sarmiento, en automóviles descapotados, en medio de una fiesta popular, con los revolucionarios agitando las manos en las que sostenían sus sombreros y los corbatines librados al viento.
En los cuarteles, los detenidos fueron bien tratados e incluso establecieron ciertas amistades que perdurarían, como las del entonces teniente Aníbal Montes, quien devendría, para bien de Córdoba, en un avocado cultor de la arqueología, la antropología y la historia regional.

Recobrada la libertad de movimientos, un mes más tarde, el 9 de octubre, los tres efímeros rectores nuevamente impuestos de sus liderazgos en la Federación Universitaria (Barros, Valdés y Bordabehere) enviaron un telegrama al presidente Hipólito Yrigoyen, imponiéndolo de la situación en la Universidad de Córdoba.
El espíritu de Ismael estaba presto y su acción se mantenía impulsada por la serenidad de la consecuencia entre el hacer y el pensar.
Los estudios particulares también lo reclamaban y se brindó a uno y otro quehacer con la fortaleza de la estirpe vasca.
En 1920 acudió a la ciudad de Santa Fe como delegado titular de la Federación Universitaria de Córdoba para el II Congreso de Estudiantes Universitarios.
Aparte de su activismo, su vida de estudiante universitario fue ejemplar pues obtuvo, uno tras otro, los títulos de ingeniero geógrafo, ingeniero civil y abogado.
Ismael Bordabehere retornó a Rosario, pero además de buscar su realización profesional, llegó como custodio de un símbolo que ya poseía historicidad: la llave del rectorado, arrebatada como trofeo en aquellas jornadas sin parangón en el género hasta esos días en la América española.

Allí, en la cuna de la bandera, accedió a la cátedra universitaria, fue decano de la Facultad de Ciencias Matemáticas –esta vez con toda legitimidad- y vicerrector de la Universidad Nacional del Litoral.
En 1935 sufrió el asesinato de su hermano menor, Enzo Bordabehere –también como él un luchador de ideales-, quien recibió por la espalda el impacto de un tiro destinado a Lisandro de La Torre, en plena sesión del Senado de la Nación, cuando se discutía el tratado Roca-Runcimán y se ponían en evidencia los negociados.
Lisandro había formado escuela acometiendo contra la corrupción, el autoritarismo y el clericalismo dogmático, a la que Ismael y Enzo adscribían. Dentro de las filas demoprogresistas, Ismael fue candidato a senador por la ciudad de Buenos Aires.
Antes de su suicidio, Lisandro de La Torre escribió una carta a sus amigos, a los cuales nombró escrupulosamente, encargándoles la cremación de sus restos, la supresión de toda ceremonia laica o religiosa y que sus cenizas fueran arrojadas al viento porque le parecía una una forma excelente “de volver a la nada”. Ismael Bordabehere apareció integrando esa lista de amigos albaceas.

El de 1968 fue un año especial para Ismael. Se cumplían 50 años de las conmociones de 1918 y fue para él, solicitado por el periodismo, una feliz oportunidad para rescatar de su memoria, con absoluta sencillez de expresión, tal vez con un dejo de ironía y excluyéndose siempre de todo protagonismo expectable, para volver a aquellas horas de intrepidez que sólo alienta la juventud.
Tenía 74 años y entregó a los estudiantes rosarinos, en gesto de confianza y legado, esa llave de formas antiguas que sirvió para abrir las puertas de cerrazones claustrales.
En 2008, con ocasión del 90º aniversario de la Reforma Universitaria, la Universidad Nacional de Rosario retornó a la Universidad Nacional de Córdoba la esa llave nimbada de precoces heroicidades, acompañada de documentos de singular valía histórica como doce actas originales del Comité Pro Reforma y la declaración, asimismo en su versión autentica, de la declaración de huelga general del 13 de marzo. Además de algunos otros objetos que Ismael había guardado como expresión de una fidelidad inextinguible.

Hoy, todo ello se conserva en el Museo Casa de la Reforma, en pleno barrio Clínicas.
Éste fue el pasaje terreno de Ismael Bordabehere que actuó cuando debió actuar, se preparó cuando debió prepararse, enseñó cuando debió enseñar, conservo cuando debió conservar, y todo con una gran generosidad de espíritu.
Falleció en Rosario, rodeado de afectos y de respeto, el 16 de diciembre de 1977.
No es el más nombrado de los revolucionarios de 1918, pero seguramente no debe ser el más olvidado. No lo merece.

(*) Abogado-notario. Historiador urbano-costumbrista. Premio Jerónimo Luis de Cabrera