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Ismael Bordabehere, testimonio del pensamiento reformista (I)

Por Carlos Ighina (*)

La de Ismael Bordabehere fue una personalidad firme, dueña de arraigadas convicciones, pero conformada dentro de un marco de innata humildad, condición ésta que no le impedía asumir posiciones que respondían a las exigencias de un compromiso ideológico.
Probablemente intuyó que en la vida se debe tomar un rumbo y que para ser consecuente con esta opción a menudo resulta oportuno escoger el camino más sencillo, el relativamente menos iluminado, pero también el más recto, que es en definitiva lo que importa.
Nació en Paysandú, Uruguay –“Heroica Paysandú, yo te saludo”, cantó Gabino Ezeiza- en 1894. Sus padres se instalaron en Rosario y desde allí, Ismael respondió al antiguo llamado de los claustros de la Universidad de Córdoba para la obtención de un título profesional.

Tenía apenas 19 años cuando lo encontramos como presidente del Club Universitario, esa “U” tan convocante como acogedora, suerte de familia sustituta para los estudiantes que sufrían el desarraigo y alegre escuela de la solidaridad. Lo fue entre 1913 y 1915, luego dejaría el sitial a su amigo y compañero de estudios Natalio Saibene. Su paso en la dirigencia deportiva de esa institución, que apenas llevaba seis años de fundada, fue suficiente para que mantuviese los terrenos que la Provincia le había cedido en comodato en Nueva Córdoba y conquistase el campeonato de la Liga Amateur en 1913.
Bordabehere es un apellido vasco cuyo significado en euskera es “casa de la parte inferior”. Se han encontrado Bordabehere especialmente en poblaciones como Laburdi, Zuberoa y Bernabarra.
Estudiante de Ingeniería cuando los sucesos de 1918, lo vemos el 10 de marzo marchando por las calles de Córdoba en el reclamo de una universidad “moderna, democrática y científica”. Arribada la columna de manifestantes a la plaza Vélez Sársfield, Ismael cierra la manifestación con palabras que recoge La Voz del Interior, indicando que sólo “una enorme resignación al sacrificio o una ingenua esperanza han podido únicamente aplazar hasta hoy la realización de un acto como éste”.

Tres días después, como representante de los estudiantes de la Facultad de Ingeniería, participa de la declaración de huelga general en la universidad. En tanto autoridad de la Federación Universitaria de Córdoba, cambia correspondencia con el propio José Ingenieros y recibe con alborozo compartido las adhesiones entusiastas que llegan desde las universidades de Buenos Aires, La Plata, Santa Fe y Tucumán. Dentro de sus actividades logísticas le corresponde intervenir en la organización de los escuadrones de vigilancia organizados para asegurar el éxito de la medida coercitiva.
El 3 de abril, junto con Horacio Valdés, quien presidía a los estudiantes de Derecho, solicitan al Superior Gobierno de la Nación la intervención de la Universidad Nacional de Córdoba, asumiendo la representación del Comité Pro Reforma, en virtud de los graves acontecimientos que ocurrían en la Casa de Trejo. Andando los años se adscribirían a posiciones diferentes, pues Bordabehere sería consecuente con su adhesión a los postulados de Lisandro de La Torre y Valdés se identificaría con la propuesta política de Juan Domingo Perón.

El 15 de junio de 1918, a las 15.30, se reúne el Consejo Superior de la Universidad Nacional de Córdoba en el emblemático Salón de Grados. Se trataba de elegir a un nuevo rector. Los estudiantes, entre los cuales Ismael lideraba a los de Ingeniería, sostenían la candidatura del doctor Enrique Martínez Paz, de pensamiento progresista, en oposición al doctor Antonio Nores, quien representaba el tradicional criterio de la enseñanza universitaria en Córdoba, apoyado por sectores católicos de firme presencia en la sociedad de la época. Los estudiantes estaban seguros de su triunfo, ajustado, pero triunfo al fin. Sin embargo, no todos los votos prometidos fueron favorables y ante esta decepción se produjo una violenta reacción. Retratos de personalidades históricas hasta ese momento guardados con los mayores respetos fueron arrojados por las ventanas entre el añico de los vidrios y el crujir de las maderas de los muebles que se destrozaban. Los más prominentes profesores huyeron de la menos elegante manera y los trapos morados arrancados de los cortinados del rectorado pasaron a ser banderas comandantes del alboroto.

En el mismo escritorio del rector, en horas de la tarde, Emilio Biagosch, estudiante de Notariado, redacta el acta de huelga general, que Bordabehere se apresura a firmar. Un núcleo, del cual también forma parte Ismael, se desprende el tumulto y ataca la estatua del obispo Trejo, que férreamente emplazada desde 1903 resiste el vandálico intento. Los depredadores se conforman entonces con colocar en sus manos un cartel con la inscripción “mueran los frailes”.
Nilo Neder describirá, con ánimo de reseña histórica, aquellos excesos temperamentales como un “pandemónium” y las crónicas adictas del momento dirán que “Córdoba era un solo grito, una sola alma, un solo ideal de redención”. Los revoltosos denuncias agresiones y hasta algunas heridas “a puñal”.
Simultáneamente, al amparo de los antiguos claustros, se escuchan las fervorosas arengas de Saúl Taborda, Deodoro Roca, Horacio Valdés y el mismo Ismael Bordabehere, que denuncian las maquinaciones de la “canalla”, como calificaban a la oligarquía de la ciudad de las campanas. Mientras tanto, el acta surgida de las manos de Biagosch circula como enseña de protesta y desafío encabezada por las firmas de Enrique Barros, por Medicina; Horacio Valdés, por Derecho, e Ismael Bordabehere, por Ingeniería.

El 17 de junio, con los fragores todavía convulsos, Ismael Bordabehere y Enrique Barros piden la renuncia del doctor Antonio Nores, el acreditado catedrático de medicina y figura de la Corda Frates, la acotada sociedad católica y transpolítica que sostenía la continuidad de los seculares sistemas, elegido rector dos días antes.
Ante la complejidad de la situación y la inminencia de la represión, Barros y Bordabehere escapan por el edificio contiguo de la Facultad de Ciencias Exactas, que Ismael conocía muy bien.
Se conoce entonces el Manifiesto Liminar, documento contestatario que pronto hallará difusión en todo Latinoamérica. Los estudiantes, con los ánimos encendidos, juran y declaran: “Nuestra causa es la causa de la justicia, la comparten no sólo los universitarios sino el pueblo todo”. Las rúbricas de inicio son las de los presidentes de la Federación Universitaria de Córdoba, Enrique Barros, Horacio Valdés e Ismael Bordabehere.
El 21 de junio, en el Teatro Rivera Indarte, inaugurado 27 años atrás, da comienzo el Primer Congreso de Estudiantes, convocado por la Federación Universitaria. En su desarrollo se exclaman las palabras inflamadas de egresados como Arturo Orgaz, Arturo Capdevila y Deodoro Roca y se difunde el entusiasmo juvenil de dirigentes activos como Gumersindo Sayago, Gregorio Bermann y los líderes de Ingeniería, Natalio Saibene, Antonio Medina Allende e Ismael Bordabehere. A su clausura y en plena Calle Ancha de Santo Domingo, las gargantas de los universitarios invocaron la fraternidad, la igualdad y la libertad a través del himno símbolo de La Marsellesa. Dos años antes había muerto el negro Gabino, de lo contrario las cuerdas de su guitarra se hubiesen tensado y -sugerido por el gesto a la vez serio y desbordante de Ismael- habría vuelto a repetir aquello de “heroica Paysandú, yo te saludo”.

La noche cordobesa cobijó los entusiasmos, muchas persianas se entornaron, ocultando las señales de la cruz de las matronas, las niñas de las casas hacían furtivas incursiones a los balcones, los empaquetados caballeros no podían disimular la expresión ceñuda en la tertulia del Club Social, los frailes apuraban sus conversaciones y las monjas, entre susurros alterados por un fondo de afrancesadas estrofas, desgranaban las postreras cuentas del rosario. Las campanas estaban mudas; al fin y al cabo, todos eran sus hijos.

(*) Abogado-notario. Historiador urbano-costumbrista. Premio Jerónimo Luis de Cabrera