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¿Grupos de presión como causa del atraso argentino?

Por Silverio E. Escudero - Exclusivo para
Comercio y Justicia

Por Silverio E. Escudero - Exclusivo para Comercio y Justicia

Por Silverio E. Escudero

Hay maneras diversas de acercarse a la historia. Todas y cada una de ellas tienen riesgos y beneficios metodológicos. La Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial, así como la disputa política entre la Alemania nazi y las democracias occidentales forman parte de ellas. Acabaron con una década que alumbraba como la hacedora de uno de los más ricos e interesantes debates del siglo XX. Oportunidad que nunca pudo ser recuperada.
Estaba en la arena el hombre mismo enfrentado a su naturaleza y sus formas de organización política y social. Había puesto en la balanza toda su existencia, sus mitos, sus creencias. Era el mundo un taller de forja donde cada uno, con las herramientas que poseía, pretendía fraguar su personalidad y futuro.
La revolución, el cambio, la transformación, estaban al alcance de todos. Era el resurgimiento tras los locos años 20; años del necesario aturdimiento tras la locura y enajenación de la Primera Guerra Mundial.
Todo estaba en discusión. La mujer renegaba ante la pretensión del hombre de enviarla otra vez al fregadero –o convertirla en las cocottes del tango- después de que había sostenido con su esfuerzo la industria de la guerra; luchaba contra la deslegitimación de su derecho de ejercer la docencia y defendía, además, la necesidad de criar a sus hijos sin muros que los dividiera por sexo en las escuelas porque era “pecaminoso” que las nenas y los nenes compartieran espacios comunes.

Allí están los trabajos de las sufragistas, de las mujeres anarquistas y socialistas que ocupaban la vanguardia en el reclamo desde las bibliotecas populares, las salas de teatro barriales, las aulas de las escuelas vocacionales donde enseñaban a los obreros a leer, escribir y sacar cuentas, para limitar el poder del patrón tan amigo de trampear a la hora de los pagos.
Los sectores conservadores -en especial, el nacionalismo católico- se mostraron iracundos. Desde los púlpitos exaltados voceros reclamaban el retorno de la humanidad a costumbres propias del siglo XIX. Tanto que es posible encontrar en los anaqueles de las librerías de usados airados sermones que condenaban como “pecador y ácrata” al papa León XIII, autor de la Encíclica Rerum Novarum. Papa, al que, en un ataque de locura mística, el prior de la Orden de los Predicadores de Córdoba, responsabilizó del surgimiento del comunismo, destilando cierto tufillo que recordaba el contenido a las Leyes de Nürnberg.
Es que estaba convencido, como centenares de radicales que emigraran más tarde hacia el peronismo junto a importantes sectores demócratas tradicionalmente creyentes –forjadores de la Legión Cívica Argentina- que el fascismo era el gran acontecimiento político de la década. Modelo que debían imitar los nuevos políticos en un continente que siempre miraba arrobado los sucesos que tenían como escenario a Europa.

Grupos políticos que limitaban el ejercicio del poder hacia dentro de la organización en nombre de la democracia apelando al instinto de autoconservación para despertar olas de rencor reflejadas en las décadas subsiguientes. Tal como resulta de la lectura del “Manifiesto de Córdoba” suscripto por Víctor Ré, autonominado Comandante del Fascio Córdoba que adhiere a la Alianza Libertadora Nacionalista. Caudillejo barrial que intenta disputar la jefatura ideológica a Nimio de Anquín y Carlos Astrada. Para ello muestra como blasón un recorte de diario en el que aparece como portaestandarte cuando el obispo de Córdoba, en el atrio de la Catedral, bendijo las banderas del fascismo vernáculo y les encomendó la custodia del Sagrario.
“Fue en América Latina –anota el historiador británico Eric Hobsbawm, quien fue profesor emérito de Historia Social y Económica del Birkbeck College, en la Universidad de Londres en su Historia del Siglo XX (Crítica.2012)- donde la influencia del fascismo europeo resultó abierta y reconocida, tanto sobre personajes como (…) el argentino Juan Domingo Perón (1895-1974) como sobre regímenes como el Estado Novo (Estado Nuevo) brasileño de Getúlio Vargas- de 1937 hasta 1945. De hecho, y a pesar de los infundados temores de Estados Unidos asediado por el nazismo desde el sur, la principal repercusión del influjo fascista fue de carácter interno. Aparte de Argentina, que apoyó claramente al Eje –tanto antes como después de que Perón ocupara el poder en 1943, los gobiernos del hemisferio occidental participaron en la guerra al lado de Estados Unidos, al menos de forma nominal. Que en algunos países sudamericanos el ejército había sido organizado según el sistema alemán o entrenado por cuadros alemanes o incluso nazis.”
Estamos en un punto de no retorno. Habrá voces encolerizadas manifestando su enojo. Solo resta invitarlas a recorrer con extremo cuidado los diarios de época y los archivos policiales. En realidad, los nacionalistas católicos –que fueron un dramático freno al desarrollo del país- consideran que el Estado debía actuar como un “depósito de fe” y los cargos del presupuesto ocupados por los acólitos más fervientes no importando que estuvieran capacitados para la función. Argumento al que monseñor Ramón Castellanos recurre en carta al vicegobernador de la Provincia para, en 1965, impugnar la decisión del Poder Ejecutivo provincial por la que exigió a las escuelas confesionales la presencia de maestros diplomados frente al aula.
Esa relación simbiótica que debía reinar entre lo metafísico y el ejercicio del gobierno permitió asistir a una era de escándalos y corrupción sin límites. Nos eximiría de mayores comentarios repasar la lista de concesiones petroleras otorgadas por el presidente de facto José Félix Uriburu.

El Dios del orden jerárquico que reclamaba Lugones en La hora de la espada había quedado en el camino. Quizás ésa fue la razón por la que lo radiaron del centro del poder y apenas si lo dejaron formar parte de las organizaciones paramilitares en boga. Porque la nación –en sus propias palabras- “ejerce imperio jerárquico sobre todos los individuos que la habitan, sin otras limitaciones que las que ella misma haya querido establecer y que nunca comprometen su voluntad, su absoluto; pues la soberanía incluye también la potestad de suprimir o de cariar incondicionalmente esas limitaciones. La moral de la nación es también una expresión de potencia”. (La patria fuerte, Buenos Aires, Círculo Militar-La Biblioteca del Oficial, 1930. p. 40)
El fascismo argentino –donde también se enmascararon falangistas admiradores de Primo de Rivera junto a seguidores del asesinado canciller austríaco Engelbert Dollfus y algunos desorientados nacionalsocialistas- se aferra a las viejas tradiciones. Cuentan con una minoría militante que asume como propia “la cruzada contra los enemigos del catolicismo” que había dejado de ser cosa de mujeres para transformarse en un “movimiento renovador” en materia educativa e imponer en la currícula estudios de teología y filosofía escolástica para, de ese modo, reanudar la hermandad perdida con el movimiento católico europeo que aparecía en la escena política francesa viviendo una primavera de renovación política e ideológica.
Son tiempos de violencia. La Liga Patriótica Argentina, bajo el lema Dios, Patria y Hogar, encabezada por Manuel Carlés, al que acompañaban monseñor Dionisio Napal -de la ciudad de Balcarce- y el capitalino Nicolás Fasolino bendijeron los pogroms en el barrio judío de Buenos Aires y los crueles y carniceros “paseos campestres” de la Liga y su hermana mejor, las Brigadas Blancas, que violentan las familias de inmigrantes mientras los “jefes de grupo” violan y maltratan a las mujeres de la casa.
No era un exceso espontáneo. Cumplían, apenas, el mandato del Congreso de la Liga Patriótica que le negaba al extranjero el derecho de demandar por sus derechos debiendo “ser expulsado del país sin más trámite” por ser un reclamo de “pacíficos ciudadanos armados” en defensa de la Nación.
Idea que peligrosamente crece en pleno siglo XIX como bandera y cántico de las tribunas del fútbol y de organizaciones sociales y políticas que no se preocupan, siquiera, por disimular sus sentimientos plenos de odio racial y xenofobia.

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