Gaspar de Miguel (III)

Por Carlos Ighina (*)

En 1930, después de cuatro años en Europa, particularmente en París, Gaspar de Miguel regresó a Córdoba, pero ya no a su antigua residencia céntrica junto a sus hermanos sino que alquiló un departamento en barrio Güemes, en frente mismo de la hoy abandonada Cárcel de Encausados, trocando abruptamente aquel romántico paisaje del Sena por el de los arrabales de una Cañada bravía que, pocos años después, en 1939, sería inclemente con viviendas, bienes y vidas.
Al año siguiente, 1931, logró canalizar una de sus mayores vocaciones, la docencia, cuando por recomendación del propio don Emiliano Gómez Clara reemplazó al viejo maestro en la cátedra que desempeñaba en la Escuela de Bellas Artes. Los nombres que podemos mencionar de la cosecha de sembrador entregado que fue don Gaspar lo dicen todo: Mario Rosso, Horacio Suárez, César Miranda, Clara Ferrer Serrano, Diego Cuquejo, Eduardo Giusiano, Antonio Ruiz, Horacio Juárez –el autor del monumento a Jerónimo Luis de Cabrera-, Eduardo Setrakian, Ana Bettini, Lilian Gómez Molina, Pedro Pont Vergés, Joaquín Videla, Antonio Sequeira y Carlos H. Zarate, para sólo señalar a algunos de los más conocidos entre una pléyade de plásticos. Todos reconocieron la bondad de las formas pedagógicas de Gaspar, que no le iban en zaga a la sustancial capacidad de consejo del maestro. También ocupó la cátedra de modelado en la Escuela Provincial de Cerámica, la que el fundador, su amigo Fernando Arranz, llamó “la casa de las artes del fuego”. Se jubiló como docente en 1950 sin haber faltado un solo día a clase.
Uno de sus discípulos de mayor trayectoria, el escultor Horacio Suárez, lo evocó así: “Era un hombre correctísimo y un gran profesor. Me ha influenciado de manera altamente positiva tanto profesional como moralmente. Lo aprecio mucho y lo voy a recordar toda la vida”.
De su generosidad y espíritu de cuerpo es una muestra la colaboración decidida que tuvo hacia la actitud de Ricardo Pedroni, cuando éste se embanderó en la creación del Museo Municipal de Bellas Artes de La Calera, compromiso del cual también participaron artistas como Luis Tessandori, Manuel Rueda Mediavilla, Primitivo García Curto, Martiniano Scieppaquercia, Oscar Meyer y Francisco Vidal, entre otros varios. Gaspar de Miguel donó “Laura”, una cabeza en yeso.
Además de intervenir en el Salón Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires, obtuvo el primer premio en el XXII Salón Nacional de Santa Fe, en la categoría Escultura. Su obra fue también vivamente celebrada en el Salón de San Francisco.

Compartió premiaciones con figuras de la plástica como José Aguilera, Horacio Álvarez, Rosalía Soneira, Primitivo Icardi, Octavio Fioravanti. Lucio Fontana y Miguel Pablo Bogarello.
Fue jurado en el II Salón Municipal de San Francisco, hay realizaciones suyas en museos de Córdoba, Santa Fe y San Francisco, y en colecciones institucionales como la del Jockey Club. Se debe a Gaspar de Miguel la significativa ornamentación del frente de la Caja de Jubilaciones y Pensiones de la Provincia, de avenida Colón y Rivera Indarte, edificio iniciado durante el gobierno de Amadeo Sabattini y concluido en 1942, siendo gobernador Santiago H. del Castillo.
El lenguaje neocolonial de la importante esquina halla su detalle de resalto en la simbología esculpida por De Miguel bajo la cobertura de un arco de medio punto, que contiene un figura femenina central, alegórica a la ley, rodeada de cuatro figuras masculinas. El conjunto es complementado con el escudo de la Provincia y un tomo que representa a la ley de jubilaciones.
En ese año 1942, el Comité Central de la Unión Cívica Radical llamó a concurso de anteproyectos para erigir un monumento a Hipólito Yrigoyen. Los aspirantes debían presentar un boceto en yeso, pero con la cabeza del ex presidente en dimensiones finales.
La estatua sería en bronce y el basamento en mármol, piedra o granito. La comisión ad hoc adjudicó el premio a Gaspar de Miguel, realizándose una exposición de los trabajos aceptados en la Casa Radical. Sin embargo, el anteproyecto ganador fue destruido por el vandalismo de reyertas políticas del momento, no ejecutándose jamás.

Recreando aquel ambiente bohemio de La Rotonde de Montparnasse, pero recatado en su innata jovialidad, generoso y solidario, se convocó fraternalmente en sitios entrañables para el coloquio con tonada de los artistas de Córdoba, como el bar Los Angelitos y el clásico y distinguido lugar de encuentro que era La Oriental. Allí juntaban mesas, hilvanaban proyectos y evocaban tiempos y personas hombres del arte de la condición de Héctor Valazza, Antonio Pedone, Edelmiro Lescano Ceballos, José Malanca, Francisco Vidal, Emilio Casas Ocampo, Carlos Bazzini Barros, José Aguilera, Ricardo Pedroni, Luis Tessandori, Agustín Riganelli y Víctor Manuel Infante, entre los más animosos en la concurrencia a esas tenidas semanales.
El mundillo artístico, el mismo que emitía sus juicios en las tertulias de café, lo rescataba por la nobleza de sentimientos, la espontánea empatía que despertaba como docente, la inspiración que le brotaba desde la sanidad del alma, el talento que supo modelar tal como lo hacía con sus obras donde campeaban la simplicidad de líneas y el equilibrio de planos, y por sobre todo, por la nunca desmentida humildad que acompañaba a su fisonomía moral.

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