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Fahrenheit 451: la hoguera de libros en la Plaza de la Ópera

 Por Silverio E. Escudero

Por esas cosas de la memoria o la superposición de fechas relevantes pasó desapercibida la conmemoración de la quema de libros perpetrada por los nazis en la Opernplatz (Plaza de la Ópera), la tarde del 10 de mayo de 1933.
Títulos y autores que, a pesar del paso del tiempo, resultan esenciales en la formación del esqueleto represivo de todas las dictaduras y autocracias del mundo.
Los concelebrantes de esa misa siniestra fueron cerca de 70 mil personas. La mayoría de los cuales eran estudiantes conducidos por Herbert Gutjahr, cuyo encendido discurso marcó a fuego a todos los dictadores del mundo y es materia de análisis de las academias militares y las tenidas de los amantes de la censura y el adocenamiento de las conciencias.
La oración fervorosa culminó así: “Hemos dirigido, estamos dirigiendo nuestro actuar contra el espíritu no alemán. Entrego todo lo que lo representa al fuego”. La propuesta fue recibida con enorme alegría por estas pampas y no tuvo necesidad de una traducción demasiado fiel, porque, desde que flamearon las banderolas con la leyenda “Religión o muerte”, la derecha argentina (con similares objetivos) se transformó en defensora de “nuestro tradicional estilo de vida, occidental y cristiano”.

Las “piras sacramentales” alumbran un tenebroso sendero por donde ha transitado la humanidad en busca del justificativo moral que ofrecen todas las religiones para cometer, en nombre de sus deidades, todas las tropelías posibles y montar campos de concentración en donde promover asesinatos en masa.
Por ello resulta importante traer el recuerdo en este Mayo de la Cruz, según el santoral católico, que ha poblado de procesiones y caminantes en toda Iberoamérica hacia cientos de vía crucis que celebran –el mismo día- la misma leyenda. Denunciar la complicidad de la jerarquía que tiene las manos tintas en sangre mientras no refleja ni coparticipa de las devociones, porque está demasiado preocupada en no ser señalada por la justicia por crímenes aberrantes.
Son los mismos que asesinaron en la hoguera a Giordano Bruno por el delito de pensar en el universo copernicano y asegurar que el Sol es simplemente una estrella circunvalada por la Tierra. En un universo que debe contener un infinito número de mundos habitados por animales y seres inteligentes.
La hipótesis espantó a la oscurantista burocracia vaticana. Muchos de sus miembros forman en las huestes de los “terraplanistas” junto a impensados aliados en las iglesias evangélicas y pentecostales, los hacedores de la New Age, la ya anquilosada Era de Acuario y los seguidores de las religiosidades de la santería afrodescendiente y de los cultos precolombinos.
Todos ellos, si hubieran tenido oportunidad, habrían encendido gustosos la hoguera que ardió en Campo di Fiori, con desgarradores gritos de nuestro amado Giordano.

Las hogueras se multiplicaron. Ardieron en todas las ciudades y pueblos de Alemania. Tardaron siete semanas en requisar e incautar todos los libros cuyos autores no comulgaban con el régimen nazi.
La nómina era creciente y la encabezaron escritores de enorme respetabilidad internacional, junto a poetas y periodistas de renombre, que eran considerados indeseables.
Las fuerzas represivas los buscaban para, en el mejor de los casos, confinarlos en campos de concentración.
Los estudiantes alemanes tenían una larga y siniestra tradición en la quema de libros. Sus asociaciones de estudiantes eligieron en 1817, en el tricentésimo aniversario de las 95 tesis de Lutero, celebrar un festival en el castillo de Wartburg en Turingia, donde Lutero había buscado refugio después de su excomunión. Para manifestarse en favor de un país unificado quemaron textos y literatura antinacional y reaccionaria que veían como “no alemana”.
La quema de libros en la Opernplatz de Berlín, mal les pese a los negacionistas, fue una decisión tomada por la conducción del Partido Nacionalsocialista alemán. Tanto que fue transmitido por radio para toda Alemania y retransmitido por algunas difusoras austríacas y checoeslovacas.

Los líderes estudiantiles seleccionados –que lucían uniformes militares- arrojaban pilas de libros para alimentar el fuego y recitaban a viva voz las proclamas como la que tenemos en papeles en nuestra mesa de trabajo: “¡Contra la decadencia y la corrupción moral! Por la disciplina y las costumbres en la familia y en el Estado”. Así entregaron al fuego los escritos de Heinrich Mann, Ernst Glaeser y Erich Kästner.
La circunstancia fue aprovechada por Joseph Goebbels, ministro nazi de Esclarecimiento Popular y Propaganda, para reafirmar sus propuestas de alinear el arte y la cultura alemana con los objetivos nazis y justificar la purga en las organizaciones culturales de judíos y de otros ciudadanos políticamente sospechosos o que representaban o creaban obras de arte que los ideólogos nazis consideraban “degeneradas”.
En ese discurso, Goebbels consolidó sus vínculos con la poderosa Asociación de Estudiantes Alemanes Nacionalsocialistas, que formaban parte de la vanguardia temprana movimiento nazi. Tanto que, algunas de sus figuras ocuparon lugares claves en la estructura gubernamental ideada por Hitler.
El ultranacionalismo y el antisemitismo de las organizaciones estudiantiles de clase media fueron explícitos y profundos. La Paz de Versalles sirvió para cavar las trincheras más profundas y encontraron en el nacionalsocialismo un canal para exteriorizar su hostilidad y descontento. Celebraron el ascenso de Hitler al poder derribando estatuas, quemando sinagogas y mezquitas y pisoteando cuadros como si esos hechos entrañaran un gesto revolucionario pleno de audacia y valentía.
El 12 de abril de 1933, Goebbels y Richard Walter Darre dieron a conocer las “12 tesis contra el espíritu antialemán”. Aquí están para la reflexión y debate, para que ni tirios ni troyanos arguyan desconocimiento:
1. El lenguaje y la literatura tienen sus raíces en el pueblo. El pueblo alemán tiene la responsabilidad de que su lengua y su literatura sean una expresión pura de sus tradiciones.
2. Hoy se abre una contradicción entre la literatura y la tradición del pueblo alemán. Este estado es una ignominia.

153. ¡La pureza de la lengua y literatura depende de ti! Un pueblo te ha dado su lengua para que la guardes fiel.
4. Nuestro adversario más peligroso es el judío y aquel que lo escucha.
5. El judío sólo puede pensar en judío. Si escribe en alemán, miente. El alemán que escribe en alemán pero piensa de forma no alemana, es un traidor. El estudiante que habla y escribe de forma no alemana, además, es un necio y es desleal a su deber.
6. Queremos eliminar la mentira, queremos señalar la traición, no queremos para los estudiantes lugares de la irreflexión sino de la disciplina y de la educación política.
7. Queremos despreciar al judío como forastero y queremos tomar las tradiciones en serio. Por lo tanto exigimos de la censura: las obras judías se publican en lengua hebrea. Si se publican en alemán, deberán señalarse como traducciones. Intervenciones inmediatas contra el abuso de la escritura alemana. La escritura alemana sólo está disponible para los alemanes. El espíritu antialemán será eliminado de las bibliotecas.
8. Exigimos de los estudiantes alemanes la voluntad y la capacidad para el conocimiento independiente y las decisiones propias.
9. Exigimos de los estudiantes alemanes la voluntad y la capacidad para mantener la pureza de la lengua alemana.
10. Exigimos de los estudiantes alemanes la voluntad y la capacidad para superar el intelectualismo judío y las ideas decadentes liberales asociadas en la vida espiritual alemana.
11. Exigimos la selección de estudiantes y profesores según la seguridad de su pensamiento en el espíritu alemán.
12. Exigimos que la educación superior alemana sea un baluarte de las tradiciones y un campo de batalla para la fuerza del espíritu alemán.

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