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Alberto Barral, picapedrero y republicano

La piedra de los alrededores de su Sepúlveda natal le dio la materia sutil para la plasmación de un arte que para los suyos tenía raíces ancestrales. Canteros, picapedreros, escultores, librepensadores todos, por generaciones y sin excepciones.

Alberto Barral, escultor que engalanó Córdoba con fuentes y estatuaria entrañables, tenía por vero y primer nombre el de Gelasio, y junto a Emiliano, su admirado hermano mayor, y a sus otros dos hermanos, compartió ideales sin abandonar la piqueta ni el cincel.

Hijo de anarquistas, en 1936 fue el impulsor de las Milicias Segovianas para la defensa de Madrid. Al frente de ellas estaba Emiliano, con el grado de comisario. Ambos hermanos conducían en un vehículo a un grupo de periodistas extranjeros que recorrían el frente de Usera, cuando la metralla de un obús hizo impacto en la cabeza de Emiliano. El gran cantero de Segovia moriría en brazos de Gelasio.

A partir de allí, el exilio. París, Valparaíso y la travesía de los Andes a escondidas. Después Córdoba, donde estaban Manuel Rodeiro y Fernando Arranz, el insigne ceramista, cuñado de Emiliano, para abrazarle y consolarle.

En Córdoba, Gelasio, ahora llamado Alberto, recupera el cincel y asombra con su talla directa. También sus manos hacen delicadezas con la piedra sapo, la de los aguamaniles coloniales y así queda, hasta hoy, un Vivaldi en el Teatro del Libertador.

Sabattini y del Castillo reconocen sus talentos, Luz Vieira Méndez lo lleva al Garzón Agulla y en la Facultad de Arquitectura desprende luces magistrales en las cátedras de Composición del espacio e Introducción a la plástica. Su Taller de labra, en lo que sería la Escuela de Artes Aplicadas, convoca vocaciones.

En Córdoba, su nuevo espacio creativo, que llega a amar, deja testimonios que se convertirán en sendos emblemas callejeros. Junto a Emiliano, en 1931, había esculpido en granito monumentales osos polares. Entre nosotros, con el diseño de Roberto Viola, hacia 1955, daría forma a ese oso, dueño afanoso de un pescado, que por bello y andariego –se frustró a orillas del Suquía, paseó por diversas plazas, dio motivo a mil anécdotas, hasta que finalmente recaló adelantándose al frontispicio del Museo Caraffa- se convirtió en documento de identidad de una ciudad tan artística como salpimentada.

Pero, mal que mal en cuanto a conservación y respeto, quedaron otras obras de Barral capaces de aguijonear el inventario del patrimonio cultural construido: la Fuente de los Monos, la Fuente de los Leones, la Loba Marina (en el Rosedal), los Dos Hipocampos (en el Jockey Club), varios bustos de próceres, la “familia” de elevadas piedras que hasta hace poco presidió el ingreso al Patio Olmos y que hoy tiene destino de depósito. Sin embargo, sería mezquino no destacar el sentimiento de homenaje que su pulso imprimió a los monumentos funerarios de sus tantas veces contertulios, Deodoro Roca y Saúl Taborda. El del autor del Manifiesto Liminar está en Ongamira, donde el numen de la Reforma solía pintar con su primo Octavio Pinto; y el de Taborda en Unquillo, forjado en granito azabache y gris. Una cabeza de Deodoro, que guarda su nieto Hernán Roca, es también fruto de la estima de Barral.

En tiempos en los que tallaba al oso polar tenía su taller y vivienda en el Parque Sarmiento, cerca del natatorio. Hasta ella concurrió, acompañada por su hermana mayor, una jovencita porteña, Consuelo Grunauer, que terminó enamorándose de un escultor próximo al medio siglo de su edad, tan desinhibido como fino y personal en su trato. Se casaron y tuvieron dos hijos.

Alberto Barral llego a ser, por mérito de su genio y de su hombría de bien, una personalidad valorada y querida en los espacios de la cultura cordobesa. Fue un buen amigo de José Malanca, quien lo invitaba con frecuencia a su retiro de “La estancita”. Allí, en medio de ese clima bucólico que en tantas ocasiones inspiró al pintor de San Vicente, Barral y la esposa de Malanca, la poeta peruana Blanca del Prado, se saludaban cordialmente con un “Viva Arequipa”, que era respondido por un “Viva Sepúlveda”. Son muchos los artistas y los evocadores, de los de otrora y de los de todavía, que recuerdan con similar admiración y afecto la obra y la persona de Barral. Podemos mencionar a Víctor Manuel Infante, Mario Rosso, Efraín Bischoff, Julieta Ahumada, Hortensia de Virgilio, Gonzalo Vivián, Francisco Colombo, Sergio Raúl Díaz, entre los nombres que nos son familiares.

A Alberto Barral le gustaba filosofar acerca del arte, sobre la libertad. Hasta nosotros ha llegado este pensamiento suyo: “La tarea del tallista es alumbrar lo que en la materia a labrar ya está latente”.

En 1969 regresó a Sepúlveda, al vinillo compartido en las cercanías del acueducto segoviano, a la contemplación de las piedras rosadas, a la recuperación del cayado para trepar por sus callejuelas, al saludo de las gentes desde los portales y ventanas de las mismas casonas que acompañaron su niñez, pero no pudo desterrar su nostalgia, esta vez hacia la Córdoba ultramarina.

Allí quedó su cuerpo, entre los muchos monumentos funerarios labrados por los Barral.

En Sepúlveda, Gelasio decía que era picapedrero; en Córdoba, Alberto decía lo mismo.

* Notario. Historiador urbano-costumbrista. Premio Jerónimo Luis de Cabrera.