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África: ¿integración o dependencia?

  Por José Emilio Ortega – Santiago Espósito (*)

Las reflexiones sobre el continente africano parecen signadas por la ajenidad, por miradas externas que lo han analizado desde la experiencia colonial, exhibiendo de diversas formas la distancia entre potencialidad y realidad.
Los discursos científicos, políticos y aun los artísticos parecen mostrar cierta ortodoxia. Durante decenios el continente fue descripto bajo aquella influencia. La Guerra Fría acercó otras hipótesis de conflicto, que probablemente no hayan llegado a torcer el sesgo histórico en la manera de aprehender una realidad: Europa como punto de referencia y África como una heredad necesitada.
Partiendo de esa base, ¿es correcto considerar a África como un todo? Cierto es que presenta una pluralidad de matices culturales, religiosos, lingüísticos y económicos evidentes para cualquier observador, inclasificables aun con un criterio “provincialista”. Aunque comparta, por regiones, herencias ancestrales que han dejado su huella.

África se divide en dos grandes regiones: el norte, formada por Marruecos, Argelia, Túnez, Libia y Egipto, y el África subsahariana, también conocida como el África negra, compuesta por 49 países y separada del norte por el desierto del Sahara, que de oeste a este divide el continente en dos realidades. En la región habitan más de 900 millones de personas que hablan más de dos mil lenguas, en la que abunda la multiculturalidad. A su vez, se divide en cuatro subregiones diferentes: África oriental, África occidental, África austral y África central. A las dos primeras (la “barriga del continente”) la integran más de veinte Estados francoparlantes, aunque la zona más poblada es la que comprende a Nigeria (el país más poblado de África, con 185 millones de habitantes) y Ghana, cuyo idioma oficial es el inglés. Las diferencias lingüísticas son gravitantes: los vínculos con las antiguas metrópolis, en particular en la zona francófona, definen muchas variables socioeconómicas, agravadas por crisis humanitarias, por ejemplo Mali, sumando a viejos conflictos étnicos el yihadismo.
En el África oriental, que circunda los grandes lagos africanos, se habla mayoritariamente inglés, herencia de la dominación británica. Tanzania y Kenia son los dos países más grandes. Comprende los países del cuerno africano (Etiopía, Somalia, Yibuti y Eritrea), con vínculo comercial y cultural en el mundo árabe y crónicas crisis sociales y políticas. Somalia, por ejemplo, se ha considerado un Estado “fallido” aquejado por la piratería. En Burundi, 67% de la población es pobre. El reciente Estado independiente de Sudán del Sur se enfrenta a una hambruna que afecta 61% de la población.
El África austral posee mejor nivel de ingreso y mayor calidad institucional. Sudáfrica domina las importaciones y las exportaciones de la zona. También Angola, con base en el petróleo (segundo productor luego de Nigeria) superó conflictos políticos y creció económicamente en la última década.

El imperialismo colonial que se originó en el último tercio del siglo XIX penetró en África para integrarla socioeconómicamente en la periferia del sistema internacional occidental. Las capitales europeas controlaban prácticamente la totalidad de los territorios y recursos africanos, en rápida ocupación. En 1879, el 90% del continente todavía estaba gobernado por africanos. A principios del siglo XX, prácticamente toda África había quedado repartida y sometida al régimen colonial europeo, salvo zonas posteriormente incorporadas. La Conferencia de Berlín, celebrada entre 1884 y 1885, instituyó reglas para no generar fricciones por el reparto.
El proceso de descolonización que comenzó en la posguerra generó expectativas luego de una etapa signada por la opresión y por el despojo. Los años posteriores marcarían la imposibilidad de afirmar la estabilidad de los Estados poscoloniales: no fue posible generar un tejido social renovado ni una burguesía empresarial o dirigente. También impidieron profundizar la identidad propia los importantes y no siempre constructivos vínculos con las decadentes pero aún influyentes metrópolis. Sin criterios renovados, el diseño de los nuevos Estados cristalizó la imposibilidad de reconocer auténticas identidades sociales, siempre desarticuladas respecto a la determinación de las fronteras trazadas; el mosaico étnico sigue sin ser contenido por estados-nación que no despegan del artificio.
Así navegan los países africanos, entre las complicaciones propias de sus realidades domésticas y una dinámica externa que marca la dependencia exterior, en especial mediante la cooperación al desarrollo, más instrumento de política coyuntural que promotor de la prosperidad. A pesar de ello, África está recibiendo inversiones extranjeras, y actores diversos como China, Estados Unidos, India y los países nórdicos europeos muestran un renovado interés. Según el Banco Mundial, los flujos dirigidos al continente se elevaron a 46.000 millones de dólares en 2018, contrario a la tendencia mundial: en África del norte aumentaron 7%, a 14 mil millones de dólares, y en África subsahariana se incrementaron 13 %, a 32.000 millones (en especial hubo un gran crecimiento en el África austral, donde se duplicaron).

Las inversiones provienen de las grandes potencias que siguen teniendo un papel esencial. Sin embargo, hubo una fuerte pérdida de incidencia de la Unión Europea en la región y una ganancia de terreno de China, no sólo mediante los lazos comerciales y la expansión de inversiones sino también por medio de una estrategia explícita del gobierno de apoyar las empresas chinas a desarrollar negocios en África. En consecuencia, China se convirtió en el principal socio comercial de África a partir de 2009, desplazando a Estados Unidos. La presencia china en el continente abarca también la infraestructura (financió la construcción y renovación de más de 6.000 kilómetros de ferrocarril) y hasta la fabricación de automóviles. Se estima que 22% de la deuda africana tiene a China como acreedor, e incluso Angola adoptó el yuan como moneda para sus operaciones comerciales.
Para 2019 se prevé un crecimiento promedio de 3,4%, un proceso de urbanización continuo e intenso y una mejora en la competitividad de sus economías. Sin embargo, las debilidades siguen a la vista: instituciones débiles, deuda en infraestructura, corrupción a gran escala, desigualdad en la mayoría de los Estados y cifras preocupantes: una tasa de analfabetismo de 40% de la población mayor de 15 años; una tasa de mortalidad infantil de 76,5% por cada mil nacidos vivos, 27% de quienes sufren malnutrición en el mundo viven en el África subsahariana y, según Naciones Unidas, los diez países más pobres del mundo son africanos.

En el actual contexto mundial, hay signos de una diversificación de las relaciones internacionales y una reconducción de los lazos entre los países africanos y las antiguas metrópolis. El colonialismo expolió territorios y colectividades; diseñó estudios, historias, productos culturales, instituciones o mapas en los que los yerros acumulados determinan la actual incubación de las tormentas mundiales más amenazantes.
En tanto, un continente cautivante sobrevive entre los errores y fracasos. La capacidad para decidir sobre los propios destinos, la tolerancia internacional a un replanteo continental que reconozca la diversidad y la genuina cooperación serán variables que permitan apreciar en los años venideros el éxito o el fracaso de los procesos de cambios experimentados por el África actual.

(*) Docentes (UNC)

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