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Termina 2017 de la forma menos pensada

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 Por José Simonella *

Sea por los resultados electorales de octubre, que aportaron una cuota de euforia al Gobierno, o porque los problemas del déficit, la baja competitividad e inflación, son más inmanejables de lo que la mayoría imaginamos. Sea que la necesidad de solucionar el Fondo del Conurbano Bonaerense, o vaya a saber por qué otras razones, el Gobierno nacional apuró demasiado una serie de reformas trascendentales y necesarias para el futuro de Argentina.
Semejantes reformas deberían haber tenido mayor tiempo de análisis, debate, búsqueda de consensos y opinión, no sólo de sectores gubernamentales sino también de entidades profesionales, empresariales, sindicales y universidades, entre otras. Demasiado trascendentes para el futuro del país como para sólo intentar aprovechar un momento político, que -a la luz de los últimos hechos- siquiera estaba garantizado.
La política argentina siempre depara sorpresas y tensiones en diciembre, y este año una vez más se dio así, a punto tal que el final abierto de la reforma previsional, principal reforma elegida por el Gobierno para balancear las cuentas luego del impacto que tendrá el pacto fiscal firmado con los gobernadores, le otorga una incertidumbre aún mayor al futuro.

Lo que parecía iba a ser un fin de año tranquilo, con el consumo recomponiéndose, las expectativas de consumidores e inversores en buenos niveles, algunos sectores de la economía con su actividad recompuesta, otros creciendo y un grupo aún con esperanza, se trasformó, y así lo captaron las primeras planas de todos los medios, en incidentes dentro y fuera del Congreso, reuniones de emergencia del gabinete, reuniones de urgencia del Presidente con gobernadores y legisladores, la CGT amenazando con medidas de fuerza, manifestaciones, corridas, destrozos y lo que todos ya a esta altura vimos, leímos y escuchamos.
Las reformas y las formas, volvieron a recordarnos que Argentina está lejos aún de solucionar muchos desequilibrios macroeconómicos y de brindar las condiciones necesarias para que la inversión en la economía real decida radicarse aquí.
Esa inversión que se instala por varias décadas, esa inversión que genera el tan ansiado empleo formal, esa inversión que empuja el crecimiento argentino abriendo mercados internacionales, esa inversión que los argentinos necesitamos y, que por nuestros propios errores eligió otros países para radicarse. Y una vez más volvió a ser palpable el problema del gasto público exacerbado y de mala calidad. Gasto que durante décadas y en todos los niveles de gobierno, impuso cargas sobre los particulares que se justificaron siempre con el argumento que “eran para evitar una crisis y evitar la profundización de la problemática social”. Claro está, con sólo ver la forma escandalosa en que creció la pobreza durante ese mismo tiempo, que tal objetivo no se cumplió.
Habrá que trabajar arduamente, no sólo en estas últimas dos semanas que le quedan al año sino durante todo el 2018 para resolver los desafíos ineludibles que permitan no perder una nueva oportunidad.
El mundo todavía acompaña con viento de cola; las ganas y el optimismo de la mayoría de los argentinos por comenzar a transitar una senda de crecimiento se mantienen. La política deberá hacer su trabajo, su esfuerzo y su propio ajuste que permita hacer eficiente el gasto público necesario y eliminar el innecesario, aunque sea tan pequeño en términos relativos, como los pines de oro que se compraron en el Congreso para los legisladores, pero que tienen una tremenda significación en esto de imponerles a los otros sacrificios que ellos no están dispuestos ni siquiera a intentar.
Se podía avizorar una mejora en muchas variables de 2018, pero para pronosticar resulta prudente esperar y ver cómo salen las reformas, cuáles serán sus impactos finales y cuánto le costará en término de capital político al gobierno. No obstante, el optimismo no se pierde y menos aún en víspera de Navidad.

* Licenciado en Economía y asesor financiero