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¿Por qué un adolescente quiere morir?

Por Luis Carranza Torres* y Carlos Krauth**

Por Luis Carranza Torres* y Carlos Krauth**

Por Luis Carranza Torres* y Carlos Krauth **

Últimamente nos hemos visto conmovidos por los suicidios o intentos de suicidios de jóvenes y adolescentes. Precisamente hace pocos días, una alumna de 15 años del 4º año del Colegio Nacional de La Plata intentó suicidarse  delante de sus compañeros y profesora, en plena clase, con un revolver calibre 38.
El hecho generó un sinnúmero de especulaciones sobre qué pudo haber motivado su conducta y el rol que juegan las redes sociales en éste y tantos casos de suicidios de adolescentes. Precisamente, la joven había publicado en Voxed -una plataforma web que a diferencia de Facebook o Twitter u otras más populares permite compartir casi cualquier tipo de contenido pero desde el anonimato- “El jueves voy a suicidarme en la escuela”(…) “Voy a robarle el revolver a mi papá antes de salir para el colegio y pienso pegarme el balazo en la primera hora (…) Tengo 5 balas si en ese momento se da para matar a 3 o 4 compañeros, joya. Pero mi misión principal es el suicidio”.
Lamentablemente, este tipo de conducta -que no conoce fronteras- es más común de lo que desearíamos. Las estadísticas muestran en diversos países una cifra alarmante respecto de la ansiedad y depresión adolescente. Paradójicamente, en los países donde más confort de vida existe, es donde la magnitud es mayor.
También existe una contracultura que encuentra, inexplicablemente, un atractivo en la “idealización” de la muerte infligida, tanto propia como del otro.
El éxito de la serie estadounidense 13 Reasons Why, dada por la plataforma de streaming multimedia Netflix, es un ejemplo de eso. Se trata de un programa que tiene un éxito arrollador entre el público adolescente sin importar el país, y que cuenta la historia de Hannah Baker, una joven que decide suicidarse y dejar grabadas las 13 “explicaciones” de su drástica decisión.
También, relativo al fenómeno, una de sus aristas más preocupantes es cuando esa fascinación suicida se convierte en causa de delitos. Justamente hace unos días conocimos la noticia de que un tribunal de Massachusetts condenó a 15 meses de cárcel a una joven de 17 años que incitó a su novio a suicidarse a través de mensajes de texto.
Su novio, de 18, falleció por intoxicación de monóxido de carbono en su vehículo. El muchacho condujo hasta la playa de estacionamiento de un supermercado y colocó la salida de una bomba de agua que emitía gas dentro de su vehículo, pero cuando se empezó a encontrar mal salió de él. Según lo probado, la chica le dijo por teléfono que volviera a entrar, a lo que se sumaron decenas de mensajes de texto previos enviados por ésta al joven animándolo a ejecutar sus planes de suicidio.
El mismo día de su muerte, la menor le escribió: “Simplemente tienes que hacerlo. Dijiste que lo ibas a hacer. O sea, no entiendo por qué no lo haces”. Toda esta prueba fue utilizada por la fiscalíaa para demostrar que las palabras de la chica fueron imprudentes y causaron la muerte de Roy.
El juez de la causa la condenó a dos años y medio de cárcel, pero de ellos la joven deberá cumplir únicamente 15 meses, pasando luego a un régimen de libertad vigilada.
Por qué un adolescente quiere morir es una pregunta dura, pero no la única. Dónde estamos los adultos, frente a los cuadros de agobio, angustia y desolación que causan tales decisiones extremas es otra, tanto o más fuerte que la primera. No existen, ni para una ni para otra, respuestas fáciles. Pero de la experiencia recogida vemos que, en no pocos casos, los problemas diarios de los adultos invisibilizan los de aquellos adolescentes por los que debemos velar. Y en no pocos casos, los adultos han dejado de ser, por esa incapacidad de ver y contener, referencia para los jóvenes.