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Paul Johnson, entre el fin de la globalización y el retorno al Estado de Bienestar

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Por Silverio E. Escudero

Un recorrido por la obra del historiador británico Paul Johnson, autor de trabajos capitales como Tiempos Modernos, Historia de los judíos, Historia del cristianismo y Los intelectuales, permite acercarnos a una visión crítica de la historia y de la realidad demasiado infrecuente, más aún en esta época plagada de grietas y muros.
Se trata de acercarse al pensamiento de un constructor de poder, resultado no sólo del poderío de su pensamiento sino del resultado de la polémica que lo enfrentó a sus detractores por su hábito “de escribir para que todos entiendan”. Estilo que perfeccionó en las columnas semanales de casi un centenar de diarios de la talla del New Statesman, el Evening Standard, el Daily Telegraph, el Sun, el Catholic Herald, el semanario francés L’Express y el Spectator.
Páginas que fueron las elegidas para abordar, sin cortapisas, problemas como el tráfico de esclavos, el antisemitismo, los despertares del autoritarios y hasta los hábitos íntimos de una sociedad que –como en los años 20 del siglo pasado- decidió aturdirse y dejar que otros decidan por ella, aunque ese gesto displicente y alocado significara embargar su futuro.
Paul Johnson, en su desenfado, dispara cientos de debates. Esos mismos que ocupan -por este tiempo- el centro de atención de quienes integran usinas de pensamiento. Ocupados en el diseño de las nuevas formas que adoptará el capitalismo tras la muerte de David Rockefeller, atento a que, según otros, la globalización transita su etapa final, producto de la crisis del empleo, de la automatización industrial y el descalabro político que produce en algunos países la aparición de fuerzas transitorias que esgrimen un discurso de combate sin sustancia ni sostén.
Discusiones que se han profundizado tras la Gran Recesión de 2008, que elevó ciento de voces -protegidas por grupos de estudio y reflexión – anunciando el final de la globalización y la ruina del capitalismo. Aunque en realidad –aseveran en la intimidad- sólo observan “cierta desaceleración de los flujos internacionales de intercambio” y modos “diversos” de encarar la participación del Estado en el arbitraje de la economía.

Se nos dice que la globalización, entendida como la creciente interdependencia de las naciones en términos de comercio, capital y trabajo, ha propiciado un gran progreso en cuanto al crecimiento económico y la reducción de la pobreza. En la historia moderna pueden distinguirse dos grandes eras. La primera –anota Paul Johnson en Tiempos Modernos- va desde mediados del siglo XIX hasta principios del siguiente y tuvo como detonante la decisión del Reino Unido -en 1846, durante el gobierno de Eduardo VII- de abolir las leyes que prohibían la importación de granos, como medida para aliviar la hambruna que sufría Irlanda. Cuestión que modificó las reglas del comercio internacional y, frente a crisis alimentarias tanto o más graves que la Guerra de las Patatas, los Estados avanzaron en la remoción de una serie de medidas que obstaculizaban el comercio internacional y que terminaron por impulsar poderosas corrientes migratorias que favorecieron el poblamiento del continente americano, Australia y algunas regiones de África.
Esa apertura de la economía –explica Manuel Sánchez González, ex subgobernador del Banco de México y profesor de EGADE Business School del Tecnológico de Monterrey- permitió reducir las brechas de ingreso entre las naciones. Afirmación que nos hace retornar a Johnson para comprender que el problema es más complejo de lo que se muestra y escasamente percibido por los saberes de la política, cuyos actores apenas intentan un vuelo gallináceo a la hora de discutir los temas que comprometen el futuro de todos.

El segundo acto de esta pequeña historia que tiene mucho de una comedia de enredos tiene fecha cierta de inicio. Es el final de la Segunda Guerra Mundial y la ejecución de los planes de reconstrucción de Europa en la mitad del siglo XX y se extiende hasta nuestros días. Caracterizada por una disminución continua de obstáculos arancelarios y para arancelarios entre un número cada vez mayor de naciones, bajo los auspicios del General Agreement on Tariffs and Trade (Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio) hoy Organización Mundial del Comercio (OMC), que promueve la multiplicación de acuerdos regionales de comercio e inversión.
Etapa en que “los titanes de los principios de la industria –Johnson dixit- no se veían a sí mismos, como a menudo se los presenta hoy, como destructores de la belleza, sino como sus creadores. Llevar buenos salarios a una familia que hasta entonces vivía en un nivel de subsistencia era creativo para ellos. Lo remarcaban contratando artistas y diseñadores para adornar sus fábricas, minas y forjas (…) la creatividad del capitalismo se ha convertido últimamente en tema de varios autores americanos, tales como Thomas Sowe y George Gilder. Y Michael Novak, que ha presentado el capitalismo democrático como una importante expresión del espíritu creativo cristiano (…).”
Estos autores -y otros que abordan temas similares- son conocidos en Estados Unidos, continúa el historiador británico. Y su mensaje se propaga en algunas de las universidades más vigorosas de EEUU, como Adelphi, de Long Island; Temple, de Pensilvania, y Southern Baptist, de Dallas. Ideas que han encontrado cada día más adeptos y que conformarán el paradigma de nueva y enorme Universidad de América Latina, que ahora se planea en Miami, que, más tarde, trasladará a su sede permanente de Cuba en cuanto “se desintegre el debilitado régimen de Castro y que, tendrá un departamento especial llamado ‘Novak’, donde se explorarán, enseñarán y desarrollarán los aspectos creativos del capitalismo”.

¿Hacia dónde marcha la economía mundial? ¿Es descabellado pensar, atento a los resultados de la crisis europea y el avance de las derechas, un retorno al Estado de Bienestar?
A primera vista, esta descripción parece convincente. Aunque necesitaría una nueva relectura en términos históricos para determinar el grado de debilidad que ofrece el planteo. No obstante es de “sentido común” aseverar que el comercio internacional ha aumentado y que tratados como la Unión Europea están echando abajo los viejos Estados nacionales. Pero, ¿nos proporciona la globalización una descripción correcta de cómo funciona el mundo?
De hecho se admite que “(…) antes de la primera guerra mundial algunos países ricos estaban comerciando tanto con el resto del mundo, en proporción al Producto Interior Bruto (PIB) como lo están haciendo ahora (y Japón lo hacía mucho más)”. Asumiendo que, según el cristal con que se mire, “rico” aparece en los relatos como un eufemismo de “imperialista”, sin importar que la realidad indique que lo que ha cambiado es el volumen total del comercio (y de la riqueza) mundial, junto con el hecho de que países más pequeños están más involucrados en el intercambio global.
Cuestión que nos hace decir que, a pesar de los múltiples certificados de defunción, el Estado nación continua vigoroso. De hecho, desde 1914 el número de Estados se ha disparado de 62 a 74 en 1946 y hoy alcanza 193, si nuestra cuenta resulta exacta. La otra sorpresa es que en las naciones ricas el gasto estatal, como porcentaje del PIB (una medida de la riqueza relativa de un país), se ha incrementado de hecho desde 1980. La idea central de la globalización, que es que el capital se haga cada vez más independiente de cualquier Estado nacional, tiene por tanto mucho para ser cuestionada. Habida cuenta de que el Estado aún permanece y “todavía es el principal administrador de la fuerza armada organizada”.
Asunto que merecerá tratamiento especial a partir de un acabado estudio sobre la naturaleza de las guerras en curso que se dividen claramente en dos tipos.
Algunas que involucran vecinos geográficos por la demarcación de las fronteras. Otras, meras “intervenciones de carácter humanitario” por parte de países que pueden estar a miles de kilómetros de distancia del campo de batalla. Cuando consideramos este tipo de intervenciones nos encontramos con un robusto manual de excusas con el que se pretende acallar las voces de protestas y ocultar la sangre de las víctimas.