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Nova Vlná, la generación brillante del cine checoslovaco

Por Silverio E. Escudero - Exclusivo para Comercio y Justicia

Por Silverio E. Escudero - Exclusivo para Comercio y Justicia

Por Silverio E. Escudero

La Nueva Ola Checoslovaca, movimiento vanguardista que ocupó el centro de la escena durante más de quince años, fue considerada la Edad de Oro por su esplendor artístico, tanto visual como narrativo

En un cruce de caminos, de los muchos que existen en nuestra provincia de Córdoba, asaltó mi atención un recuerdo que me llevó a comienzos de la década de los 60 -la década maravillosa del siglo XX- cuando hacíamos los primeros palotes como habitantes cuasi permanentes de las otrora silenciosas y respetuosas penumbras de los cines, que ocuparon un lugar destacado en nuestra adolescencia y juventud.
El ejercicio de la memoria apasiona. Revivo el instante en que se me reveló que existía un cine distinto, otro cine al de las siestas dominicales plagadas de acción, en los que la caballería siempre llegaba a tiempo para salvar a los protagonistas en dificultades.
Recuerdo con emoción ese tiempo de deslumbramiento protagonizado por directores, guionistas, camarógrafos, actrices y actores talentosos, quienes permitían descubrir la existencia de nuevas escuelas cinematográficas que los críticos denominaron los “Nuevos Cines” europeos. Éstos estallaron en la Nouvelle Vague francesa, en el Free Cinema de Gran Bretaña, en la Generación de Octubre polaca, en el Nuevo Cine alemán (Neuer Deutscher Film) y en el Nuevo Cine Español, entre muchos otros.
Ese hallazgo llevó a profundizar la búsqueda ante los rumores de que en Europa del Este (en Checoslovaquia, más precisamente en Praga) se sucedían hechos sorprendentes. Una verdadera revolución cinematográfica que llenaba las páginas de las escasas revistas especializadas que circulaban en nuestro país. Una historia nueva de un cine que nació a mediados de los años 20 y que vino en los 60 a reclamar su puesto en el centro de la vanguardia artística europea, después de la persecución totalitaria a los intelectuales que enriquecerían el cine, el teatro, las artes y la literatura.
La atención, dijimos, debía posarse en Praga -la antigua capital del reino de Bohemia y de la extinta Checoslovaquia- que se transformó en un espacio de libertad. Libertad que abrigaba a miles de jóvenes checoslovacos que recibían subsidios para promover la música y el teatro. Las medidas, prontamente, alcanzaron al cine que, como hemos señalado, se revolucionó y cuyas noticias llegaron de la mano de un inolvidable Simón Feldman, quien mostró las primeras películas que arribaron a Argentina mientras soñábamos con escribir el guión perfecto…
La influencia de corrientes de posguerra -esencialmente el Neorrealismo italiano-, la consolidación de la televisión, la preeminencia de las producciones norteamericanas y el acusado intervencionismo cultural de algunos regímenes políticos propiciaron la aparición de una serie de cineastas/cinéfilos jóvenes que revitalizaría un cine (el de los años 50) desmotivado, exiguo y en plena crisis de creatividad, descorriendo los telones de los cineclubes donde se debatía “¿qué cine merecemos?”, casi con ferocidad.
Debate que se centró en el nuevo cine checoeslovaco, en la Nova Vlná, en la Nueva Ola Checoslovaca, movimiento vanguardista que ocupó el centro de la escena durante más de quince años y que fue considerado la Edad de Oro por su esplendor artístico, tanto visual como narrativo.

Héctor Mignolo, el crítico de cine de la revista Jerónimo -aquel mítico emprendimiento periodístico cordobés que encabezó el inolvidable Miguel Ángel Piccato-, explicó que, una vez concluida la Segunda Guerra Mundial, los partidos políticos de izquierda decidieron nacionalizar la industria cinematográfica. Aunque, como en el caso checo, resultaba casi imposible “liquidar de un solo golpe la herencia comercial de los años anteriores pero quedaba, sin embargo, un aspecto positivo: el alto grado de profesionalización, que permitió, en la misma época, el nacimiento de estudios destinados a films de animación que hicieron célebre a Checoslovaquia entre 1945-1950 por la producción de cortometrajes”.
Pero es sin duda la creación de la Facultad de Arte Cinematográfico lo que, como Lodz en Polonia, proveería a la industria cinematográfica checa de hombres con el manejo de un seguro oficio. Vojtech Jasny (Un día de un gato) y Karel Kachyna (Que viva la república) son dos de los primeros niños prodigio egresados, que otorgaron a la historia del cine un excelente film como producto de sus trabajos de fin de estudio: El cielo no está siempre cubierto..
En este film se encuentran obligadas referencias de todo el movimiento que le siguió, anota el cronista que referenciamos. No obstante lo favorable de estas condiciones, fue necesario esperar diez años para que la industria cinematográfica, así concebida, iniciara su camino de consolidación. (“A pesar) de que la rigidez del sistema stalinista y la vulgaridad de la estética realista de (Andréi) Jdanov, condicionaron una atmósfera que detuvieron, hasta 1955, todo movimiento positivo. Después de ocho años, una generación de transición (Jasny, Krel Kachyna, Jan Kádar y Elmar Klos) comenzó la concreción de esa idea cinematográfica que se arrastraba desde preguerra y unió, a esa visión del cine y de su país, el oficio adquirido en la Facultad Cinematográfica”, relata Mignolo. La experiencia que concluye abruptamente cuando ingresaron a Praga, el 20 de agosto de 1968, las tropas del Pacto de Varsovia.
De los libretones “Norte”, donde han quedado registradas mis primeras preocupaciones cinematográficas, extraigo una pequeña lista de películas y directores para ayudar a la memoria, evitar el olvido y despertar la curiosidad del redescubrimiento.

Sin embargo, resultaría tedioso consignarlas a todas, por ello, arbitrariamente, elijo un puñado y éstas son: El sol en una red, de Štefan Uher (1962); Pedro el negro, de Miloš Forman (1963); Diamantes de la noche, de Jan Nemec (1964); Amores de una rubia, de Miloš Forman (1965); La tienda de la calle mayor, de Ján Kadár y Elmar Klos (1965); Trenes rigurosamente vigilados, de Jirí Menzel (1966); Las margaritas, de Vera Chytilová (1966); ¡Al fuego, bomberos!, de Miloš Forman (1967) y Desertores y peregrinos, de Juraj Jakubisko (1968).
Todas ellas merecen, en mi criterio, un apunte, una atención especial. Trenes rigurosamente vigilados, película que en 1966 filmó Jirí Menzel, está basada en una novela homónima de Bohumil Hrabal, conmovió las plateas y fue merecedora del Oscar 1967 a la mejor película extranjera. Además, del Gran Premio del International Filmfestival Mannhein-Heidelberg.
También fue nominada a los Premios Bafta de la Academia Británica de las Artes Cinematográficas y de la Televisión a la mejor película en 1968; a la Mejor Dirección en 1969, por el Sindicato de Directores de Estados Unidos; y al Premio Globo de Oro (1968) a la mejor película en lengua no inglesa que concede la Asociación de la Prensa Extranjera de Hollywood.
La conmoción que causó este film se radicó en su contemporaneidad. La película estaba basada en la novela escrita por el checo Bohumil Hrabal, que trabajó como empleado ferroviario durante la Segunda Guerra Mundial y luego fue tramoyista, cartero y obrero metalúrgico. También trabajó en una planta de reciclaje de papel de libros censurados, muchos de los cuales salvó de ser destruidos, corriendo gran riesgo personal. Aunque a finales de la década de 1940 había comenzado a escribir tanto poesía como relatos cortos, Hrabal fue considerado por la crítica y el gran público como un escritor tardío; no publicaría hasta bien entrado el año de 1963.
Trenes rigurosamente vigilados, que tiene un indudable contenido autobiográfico, cuenta una divertida y entrañable historia sobre la resistencia frente al invasor alemán durante la Segunda Guerra Mundial, protagonizada por los empleados de la estación de tren de un pequeño pueblo checoslovaco cerca de la frontera con Alemania. El amor y el deseo están presentes en el despertar al mundo adulto de Miloš Hrma, aprendiz y verdadero héroe de la película, que sigue los pasos del hedonista jefe de la estación y despachador de trenes, luego de la cadencia de una hermosa telegrafista por la cual deberá probar su valor, arriesgando la vida para sabotear un tren enemigo cargado de municiones.

 

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