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¡No voy a jugar al doctor!

niño urbano

Aquel niño o niña que sepa que su cuerpo es un territorio propio e inviolable estará en mejores condiciones de reaccionar, defenderse y comunicar

 Por Alicia Migliore *
Un diario publica una nota escueta con un copete que no resulta demasiado revelador: “El 90% de las víctimas de abuso sexual son menores”. Parece una verdad de Perogrullo pero la nota es, en sí misma, un grito de alarma de quienes piden auxilio y no son escuchados.
La materia avanza y su lectura estremece: 90 por ciento de las víctimas de abuso sexual es menor y la franja más afectada es la de nenas de entre 5 y 7 años, reveló un estudio realizado en Río Cuarto, Córdoba. Claro, son menores en su más tierna infancia, en el tiempo que demandan y merecen mayor protección.
“Diagnóstico del dolor”, como titularon abogados y psicólogos el informe, analizó 167 condenas por abuso sexual entre 2007 y 2013, y descubrió que en la mayoría de los casos, sólo cuatro eran victimarios desconocidos: 96,6% son miembros de la familia, principalmente padrastros (30%) o padres (14%), lo que también explica la repetición de los abusos.
Somos afectos a descreer de aquello que nos lastima. Elegimos nuestras creencias, en defensa propia, con un grado de negación rayano en la imbecilidad. Las señales del abuso sexual en un niño son alteraciones de conducta observables y observadas por los adultos que los rodean, que eligen la negación aludida como un modo de mantener una “normalidad” inofensiva. Quienes detectan esta sintomatología en muchos casos simulan no advertirla porque el horror los paraliza.

“El impacto traumático de la huella del abuso sexual infantil es imborrable (…). Tiene efecto en la constitución de la personalidad, de la sexualidad, en la autoestima, la confianza”, explicó la psicóloga Luciana Ghirardi, del equipo de investigación. María Gregorat, en tanto, sostuvo que el trabajo contribuye a deconstruir mitos que no solamente están en la sociedad “sino también en la mentalidad patriarcal autoritaria que tenemos instalada en el Poder Judicial, lo que nos lleva a tener problemas para el avance de los casos”. Hasta aquí, trechos de la nota publicada en “Hoy Día Córdoba” el 6 de septiembre pasado.
La negación no se circunscribe al ámbito de adultos familiares involucrados; avanza y envuelve en la confusión a docentes, profesionales involucrados con el niño o niña, hasta confundir también a la víctima. A veces, es necesario el transcurso de la mitad de la vida para que ese estigma de la infancia aflore, lastime la superficie y permita su cura.
Cuando los niños y niñas piden ayuda y para preservar nuestra zona de confort elegimos no creerles, estamos victimizándolos una vez más. Cuando las víctimas han logrado sortear todos los prejuicios y vergüenzas que impiden la aceptación de la verdad a quienes los rodean, encuentran otro espacio sumamente propicio para que los victimicen nuevamente: la justicia.
Solemos afirmar que quienes imparten justicia gustan de imaginar un mundo idílico donde prevalece el deber ser. Un deber ser que tampoco los contiene. Aunque gusten de consumir alcohol, niegan que el alcoholismo colonice amplios sectores sociales y determine el deterioro de las relaciones familiares, la pérdida del trabajo y en muchos casos de la libertad o la vida de un tercero -en caso de conducir vehículos o portar armas-. Conociendo relaciones maritales violentas, eligen suponer que hay un exceso en la descripción que formula la víctima en su denuncia y luego manifiestan que el riesgo no se transparentaba en el protocolo aplicable, aunque la víctima haya pasado a la condición de cadáver. A pesar de estar de acuerdo con detener los eventos deportivos por cánticos xenófobos o discriminatorios, les resulta mucho más creíble la condición de victimario por “portación de rostro” como traducen los pibes las concepciones lombrosianas. Cuando la justicia elige descreer de lo poco que los niños y niñas pueden manifestar, está condenándolos a sentirse eternos culpables de la experiencia que no debieron vivir. Pero esa actitud espanta los fantasmas propios y ajenos que los rodean. Y se tranquilizan, tapando el sol con el dedo, escondiendo nuestras miserias bajo la alfombra de sus despachos.

Pese a toda la parodia oficial que hace crecer cada vez más las cifras negras de la estadística del abuso de criaturas por parte de los mayores que están a cargo, familiares, maestros, ministros religiosos, el abuso sigue allí, determinando la vida de aquellos que lo sufrieron.
¿Cuánto tiene que ver todo esto con la educación sexual que sistemáticamente se niega y de la cual se reniega? Todo. Aquel niño o niña que sepa que su cuerpo es un territorio propio e inviolable estará en mejores condiciones de reaccionar, defenderse y comunicar. Pertenecemos a una generación que no recibió educación sexual porque era un tabú.
Una generación vulnerable a la culpa. Que creía posible el embarazo con un baile cercano o un beso intenso. Que creía también que nuestro cuerpo de mujeres era un cuenco donde sólo crecía el hijo. Libramos durísimas batallas feministas para encontrarnos con la maravilla natural del placer y la vida.
La generación que nos precedía carecía de instrumentos para que lográramos la mejor música de nuestra esencia; pero nos protegía sin eufemismos: nos criamos saliendo a jugar repitiendo la consigna “no voy a jugar al doctor”. Era el modo primitivo de nuestras madres de hacernos saber que nuestro cuerpo merecía protección y resguardo.
Tal vez en sus temores nos comunicaron muchos más miedos y culpas de los que podíamos procesar, pero nos protegieron como pudieron y supieron.
Hoy, que la sexualidad aparece como más natural y los medios bombardean de modo permanente con cuerpos bellísimos, esculturales, de hombres y mujeres jóvenes y maravillosos, estimulando los sentidos, que están en la plenitud de sus vidas, desconocen principios básicos para una sexualidad plena.
No hay elementos culturales que justifiquen el abuso sexual infantil. Es una forma de violencia perversa que aprovecha la indefensión de un niño o niña que confía.
Una sociedad negadora no es una sociedad mejor. Es una sociedad cómplice. Que condena a la más absoluta soledad a una criatura que resultará un adulto sufriente y conflictivo.

Admitir estas distorsiones, ponerlas en evidencia, tomar conciencia, reprobarlas social y judicialmente hará posible la reparación de aquellos vulnerados por sus afectos directos, padres, padrastros, como los que accidentalmente se encuentren con docentes o sacerdotes que incurran en el mismo abuso. Cuestionar a las víctimas es la salida elegante de una sociedad que niega que la atrocidad exista, y que está lejos de ellos, en los sectores más desprotegidos. Prueba de ello son las constantes denuncias que se conocen en la adultez de los vulnerados, que pertenecían a clases sociales muy acomodadas en las cuales hasta las fotos son como deben ser, aunque la realidad subyace oculta.
La madurez implica aceptar que existen acontecimientos increíbles por lo reprobables, que exigen nuestros mejores oficios para retornar todo a su eje: que las criaturas tengan protección para su pleno desarrollo sin abusadores que los victimicen y que éstos encuentren la sanción social y penal que les corresponde por su actitud reñida con toda naturaleza humana.
Lo grave no le pasa a “gente” que no existe y es diferente. Puede ocurrirle a cualquiera. El entramado social es diverso. No hay clase social indemne a este grave flagelo y admitirlo es el paso previo para condenarlo y prevenirlo.

(*) Abogada-ensayista. Autora del libro Ser mujer en política.