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Mitos de Pueblo Nuevo y El Abrojal

Por Carlos A. Ighina (*) - Exclusivo para Comercio y Justicia

Por Carlos A. Ighina (*) - Exclusivo para Comercio y Justicia

Los mitos y las leyendas que conforman el imaginario compartido de lo que hoy es barrio Güemes suman todas las expresiones, trascendidos y supersticiones seculares de aquellos moradores inmersos en un micromundo que no disponía más que de lámparas de sebo para apenas alumbrarse.

Por Carlos Ighina (*)

Nos dice Corominas, en su célebre diccionario, que debemos entender por mito una gran fábula o leyenda, en todo caso; a lo que la Real Academia Española le añade que se trata de una ficción alegórica, especialmente en materia religiosa.
En nuestro lenguaje coloquial acostumbramos a tomar por mito el relato o la referencia que, para bien o para mal, transforma los caracteres de algo o alguien, otorgándole una apariencia, ya más atractiva o ya más tenebrosa, de manera tal que su consideración crece de forma extraordinaria en la comunidad donde nació y se desarrolló con ritmo inusitado. En este sentido, para los argentinos, el mito por excelencia, que cada vez canta mejor y a medida que pasa el tiempo adquiere mayores valoraciones personales, es Carlos Gardel, visitante de El Abrojal en sus años mozos, compartiendo voces y guitarras con en el no menos mítico Cabeza Colorada.

En el mito anidan el misterio y la fantasía, distinguiéndose por su diversidad. Así los bultos, tan propicios en los sectores con escasa luz nocturna, son formas indefinibles; distintas de los fantasmas, que asumen la imagen de una persona muerta. Ahora bien, cuando el fantasma se comunica, habla, decimos que se trata de espectros, representación algo sobrenatural, aterradora en la mayoría de los casos, figura conmovedora a la que se cree ver. En este agrupamiento estarían los aparecidos, asimilados a los espectros de un difunto.
Los personajes restantes en la mitología que nos interesa describir serían los duendes, especies fantásticas, por lo general traviesas, que mantenían en vilo a mujeres y niños, quienes se sentían vigilados -y aun amenazados- por estas entelequias poco perceptibles por los sentidos. La palabra “duende” viene del castellano antiguo, “duen de casa” (dueño de casa), involucrándolos con la posesión del territorio.

A los mitos mencionados podríamos añadir la presencia de las brujas, mujeres de carne y hueso, dotadas de extraños poderes, apañadas por instancias malignas, capaces de provocar terribles hechizos que alcanzaban daños tan enormes como la misma muerte. Estas brujas, a menudo encarnadas, según la creencia popular, en viejas y astrosas criollas, eran amigas de reunirse en encuentros indescriptibles conocidos como “aquelarres”.
También era muy aludido, en las conversaciones de antiguas épocas, el familiar, una suerte de demonio, frecuentemente corporizado en un perro negro, que servía a una persona tras haber sellado un pacto con ella.
Todas estas figuraciones, tan adentradas en las vidas de la gente sencilla –a veces no tanto- forman parte de un patrimonio cultural intangible, que hace a la memoria colectiva y asimismo afectiva, de los cordobeses, siendo incluidos en infinidad de situaciones que en gran medida se resuelven de manera risueña.

Los mitos y las leyendas que conforman el imaginario compartido de lo que hoy es barrio Güemes, fruto de la conjunción de dos arrinconamientos urbanos de antigua raigambre en nuestra ciudad, Pueblo Nuevo y El Abrojal, suman todas estas expresiones que vivieron en las convicciones interiores de quienes sus moradores, en particular a fines del siglo XIX y principios del siglo XX.
Por esos tiempos, los genuinos criollos habitantes de la barriada estaban apegados a trascendidos y supersticiones seculares, inmersos en un micromundo que no disponía más que de lámparas de sebo para apenas alumbrarse en la intimidad de su hogares, mientras que las farolas a gas de carburo sólo servían para alcanzar un tenue brillo a las esquinas de no más allá de la cuadrícula de 70 manzanas originales que mandara trazar don Lorenzo Suárez de Figueroa, en 1577.
Aun en las primeras décadas del siglo pasado, las sombras campeaban por esas regiones arrimadas al límite urbano que determinaba la calle San Juan, colaborando al ambiente adecuado para recrear temores insondables de vigencias ancestrales, presencias espeluznantes y misterios profundos de la vida y de la muerte,

En ese marco temeroso, lleno de enigmas aparentemente inexplicables, cobraban realidad esos mitos de largo arraigo, que comenzarían a disiparse con el avance de progresos en materia urbanística, en especial con los mejoramientos de la iluminación de las callejas de tránsito que rodeaban a La Cañada.
El sitio más estremecedor, madriguera de fantasmagorías, se demarcaba a ambas orillas del viejo cauce del arroyo, inquietante desde siglos atrás por sus furiosas crecidas. Allí, ocultos en la noche del tajo hidrográfico que separaba el centro funcional de la ciudad de las zonas descampadas, se albergaban los misterios.
La vecindad estaba compuesta por mujeres laboriosas ocupadas en sus preocupaciones domésticas, es decir, ajetreos de familias numerosas con niños en racimos, librados en muchas situaciones a la buena de Dios, de ambulantes entre las elevaciones terrosas de El Abrojal y saltarines sobre las piedras y yuyales del agüita solapadamente mansa que definía su hábitat.
Pero, también había de las otras, de las que auxiliaban sus necesidades, respondiendo a las solicitudes de los señoritos del centro y que merecían el calificativo despectivo de las señoras de vida arreglada.
Todas ellas eran buenas bailarinas de zambas y de jotas, además de saber arrobarse ante el rasguido de una guitarra criolla.
Tauras eran los hombres adictos al juego del monte y de la taba, dispuestos al puñete y fáciles para desenvainar el cuchillo, apasionados en las riñas de gallos y dispuestos también a mostrar su arte en las zapateadas.

Sin embargo, los había trabajadores, de esos con el hacha al hombro, y aún más aplicados como los sastres –en este rubro es posible destacar a los afro-descendientes, que gozaban de un status relativamente respetable, pues habían aprendido el oficio, ocupando la sentida carencia de especialistas europeos- y los músicos populares, convocados asiduamente para animar reuniones en toda la ciudad y la campaña. Entre los mulatos residentes en el sector fueron muy solicitados los sombrereros, pues no se concebía, por aquellos tiempos, personas respetables sin sus cabezas cubiertas, aunque también tomaron habilidad como eficientes zapateros, tanto en cuanto a la confección de calzados como en la tarea de simples remendones.

Ellos fueron, esas mujeres, esos hombres y esos niños quienes alimentaron la singular mitología lugareña: el farol, el chancho Benedito, la gallina gigante, los ajusticiados –inspirados en la cercanía del cadalso de ajusticiamiento que tenía por respaldo el Calicanto a la altura de San Juan-, el alma de Jeremías, los frailecitos, el hombre de la bolsa, los fantasmas del hueco, la mano peluda de las barrancas de Pueyrredón y Arturo M. Bas, la carreta invisible que se desplazaba por las cinco esquinas acompañada por ruidos clarísimos en horas previas a la madrugada, la mujer del anillo rojo –que aparecía con frecuencia por el rancherío conocido como “La injuria”-, un espíritu al que la gente esperaba horas con la ilusión de poder verla, el dientudo de calle Laprida -que asustaba con dientes postizos y que fue escarmentado con un ejemplar “palizón”-,el carro enorme que bajaba a tropel de caballos por las tardecitas, perdiéndose en el lecho de La Cañada, el duende sombrerudo ataviado con capa, que asustaba niños y pegaba a las mujeres, el burro de los siete chicos, el perro negro de Santo Tomás y el culto a la Ramonita, la muchacha de 25 años, asesinada, que fue encontrada semienterrada por dos chicos que cazaban pajaritos y dio origen a una veneración que, en cierta medida, todavía continúa, en su tumba del cementerio San Vicente..
Estos son sólo algunos componentes del panteón de los mitos de Pueblo Nuevo y El Abrojal, quedando, con reclamo de exclusividad, el más trascendente y popular de todos ellos: la pelada de La Cañada, la chica o la pícara, un espanto nocturno que tuvo la virtud de llevar el nombre de Córdoba a los cuatro rumbos, casi tanto como los alfajores.

(*) Abogado-notario. Historiador urbano costumbrista. Premio Jerónimo Luis de Cabrera.

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