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La marcha de las mujeres

Por Alicia Migliore (*)

La “Marcha de las mujeres” ocupa espacios en medios y redes, que tamizan su importancia y trascendencia según mandatos ancestrales que intentan disimular.
Quienes leen a medias el mensaje de cada una de aquellas voces son los mismos que rieron secretamente de la tan políticamente incorrecta expresión del presidente estadounidense Donald Trump “a las mujeres hay que agarrarlas por la concha”. Cargados con un chip cultural de alta misoginia, los líderes patriarcales y sus entusiastas seguidores celebraron la ocurrencia en privado mientras la repudiaban en público.
Las mujeres no. Sensibilizadas por siglos de abusos y exclusión, activaron sus sistemas de alertas. Conscientes de las generaciones inmoladas en tributo a cada pequeño paso avanzado, cada nuevo derecho conquistado, cada gesto de respeto ganado, no permitirían un retroceso precipitado que barriera de un plumazo (o decretazo) las imágenes y logros de cada precursora en los distintos lugares de la Tierra.
La “Marcha de las Mujeres” es como la punta de un iceberg: apenas si emerge un pequeño extremo de un movimiento masivo, compacto y silencioso. Contra todo pronóstico y acción concreta, cada día avanza más la conciencia de su condición de seres humanos en estas “conchudas” eternamente desvalorizadas y sumergidas en un mar de exclusión, que se sostiene y retroalimenta, a pesar de su manifiesta arbitrariedad e injusticia.
Se solidarizaron con ellas, y lo hicieron en defensa propia, todas las minorías vulnerables: étnicas, sexuales, culturales; porque la empatía hizo que advirtieran de que el riesgo es absoluto si se avanza para destruir los derechos del colectivo más numeroso y representativo de la humanidad, constituido por las mujeres.
¿Cuál estimamos que será una respuesta política urgente de la sociedad mundial, si estuviere despojada de hipocresía?
No alcanza con carteles de repudio, declaraciones poéticas o risas sarcásticas; Trump expresó, desde su soberbia e impunidad, de manera obscena, el pensamiento machista que sostienen las distintas sociedades en el mundo y sus partidos políticos, aunque expresen un discurso en contrario.
La respuesta de una humanidad madura y comprometida con los derechos humanos, que se enuncian en todos los tratados internacionales y en las más modernas legislaciones, sería que se garantizara de manera pública, pacífica y absoluta el respeto a las mujeres y sus derechos.
Las mujeres y sus derechos, los que las hacen marchar juntas en un solo grito, reclamando su derecho a la vida y obtienen un resultado tan magro: la sociedad formateada al estilo de Trump se horroriza porque escriben una consigna en un muro o una calle, pero poco dice cuando mueren en ejecuciones preanunciadas de mil maneras. Las mujeres y sus derechos, los que las han hecho marchar junto a los hombres en defensa de proyectos políticos o sistemas de vida, peleando codo a codo, arriesgando sus vidas, para obtener una cosecha tan pobre que sus nombres se omiten en la historia pasada y sus opiniones carecen de valor en la vida presente.
Las mujeres y sus derechos, a quienes se pide que entreguen todo, en el rol que se les adjudique previamente, madres y santas, putas y locas, objetos perfectos, obreras de tiempo completo, y a quienes no se les tolera que demanden igualdad y por tanto se las satiriza y descalifica cuando lo hacen.
Hubo marchas en todo el mundo, con la sonoridad de las mujeres comprometidas, que marcharon por aquellas y por sí mismas; convencidas del viejo adagio que indica que todas somos una.
Buena pregunta será saber: ¿qué escucharon en esa marcha?
¿Cómo responden quienes deciden los destinos de los pueblos a esta cantidad indefinida de mujeres que reclaman un protagonismo completo en el período vital que comparten?
La igualdad no se declama: se ejerce y respeta.

(*) Abogada-ensayista. Autora del libro Ser mujer en política