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La impunidad de los delitos fashion

Por Luis Carranza Torres* y Carlos Krauth**

Por Luis Carranza Torres* y Carlos Krauth**

Por Luis Carranza Torres* y Carlos Krauth **

Hay delitos a los que no damos importancia ni prestamos demasiada atención. Los situamos dentro de esa categoría atroz, fantasiosa, de “crímenes sin víctimas”. Todo crimen tiene una víctima. Si no, no sería un crimen. Si no afectara valores humanos esenciales para la vida en sociedad, tampoco lo sería.
El robo de arte y patrimonio cultural está en tal situación. Más por desconocimiento colectivo que por postura ideológica o similar.
Dicha desidia es perfectamente explicable y a tono con nuestra habitual postura respecto de lo público, no como algo de todos, sino como algo que no es de nadie. Pero ojo, también el robo de obras de arte de colecciones privadas, no sólo públicas, es más habitual de lo que se cree. Sin embargo, muchas veces no es denunciado por cuestiones impositivas (obras no declaradas), de seguridad (que no se sepa los bienes que se poseen), etcétera.
Independientemente de que los objetos robados sean parte del patrimonio privado o público, es un error ser ajenos al fenómeno ya que se trata de una actividad delictiva que mueve muchísimo dinero y se considera que es la fuente de “dinero sucio” más importante después del negocio de las armas y las drogas a escala mundial, conforme los datos que maneja la División Protección del Patrimonio Cultural de Interpol Argentina.

Existe su propio mercado paralelo o “negro”, donde se compra lo robado y hasta se encargan robos. Por supuesto, en esta actividad también las mafias brillan por su actuación, siendo las estructuras ilícitas de mayor especialización en el campo penal, que fácilmente pueden, en tiempos de “vacas flacas”, “reconvertirse” otros menesteres delictuales. De trabajar honradamente ni hablemos.
También, hay una suerte de “colonialismo cultural” en el asunto. Tal como pasaba antes con el tráfico de esclavos y luego con las materias primeras, los bienes culturales generalmente son robados en países periféricos y se los traslada a países centrales. Aun cuando se logre identificar a los responsables y localizar la obra, no todos los países la devuelven adonde fue robada en el “tercer mundo”.
En dicho contexto global, Argentina es un gran centro de atención para este delito, tanto por las posibilidades de robar objetos como de resultar una plataforma para contrabandear obras al exterior.
Dentro de lo que entendemos por “robo de arte” se hallan también los restos arqueológicos y paleontológicos, resguardados por la ley nacional Nº 25743.
Por ejemplo, en el año 2006, Interpol recuperó en una feria de Tucson, Estados Unidos, cuatro toneladas de fósiles que habían sido contrabandeadas desde Argentina. Entre tales piezas, había un huevo de dinosaurio de unos 10 kilos, valuado en 10.000 dólares.
En mayo de 2015, Gendarmería Nacional secuestró una carga de 215 piezas de meteoritos con un peso total de 1.500 kilos en un operativo realizado en la provincia de Chaco.
Tales robos son una afrenta de entidad a la memoria colectiva, al patrimonio de todo como sociedad, nación y cultura. También, se priva de conocer a futuro a las nuevas generaciones. No es nada menor la afrenta, aunque sea menos traumática, en el momento, que te arrebaten la cartera. Que no queden dudas de que perdemos mucho más, en todo sentido de esta forma que por un arrebato individual. Más allá de que ni lo uno ni lo otro debería haber ocurrido.

Se trata también de una clase particular de delitos que requiere, a más de una prevención por especialistas, una investigación y persecución también especializada. Requiere del Estado, organismos muy distintos de la policía “territorial”, “de calle” y las fiscalías generales estructuradas sobre casi el mismo sistema que tenemos en materia de seguridad.
No se entiende, por ejemplo, cómo no existe cuanto menos, en nuestra Córdoba, una unidad judicial especializada en el tema. El daño es grande, ¿será que combatirlo no “vende” en los medios?

* Abogado. Doctor en Ciencias Jurídicas. ** Abogado. Magíster en Derecho y Argumentación Jurídica