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La gestión de la confianza (III)

Por Carlos Ighina (*)

El tabernáculo Eben Ezer se convirtió pronto en una de las referencias religiosas de barrio Los Paraísos. La actividad del pastor Torres fue sostenida y con el correr de los años y el aporte de los miembros de su iglesia logró construir el actual templo, que se inauguró en 1970.
Don José, como familiarmente se lo llamaba, pese a su residencia permanente en el barrio, predicó también, mediante visitas internacionales, en lugares tan distantes como Israel, Italia, Chile, Estados Unidos, Venezuela, Paraguay, Uruguay, Bolivia y Brasil.
Atraídos por el despliegue evangélico y afectivo del pastor, muchos de los miembros de la Iglesia Evangélica Cristiana asentaron su domicilio en Los Paraísos, buscando la cercanía de don José como consejero espiritual.

Otra gente que se recuerda
Los Paraísos también albergó a artistas como el pintor Sol Cid y al escritor y pintor Artemio Arán -a quien asimismo se lo recuerda con estima en Bell Ville y Río Ceballos-. Artemio Arán, padre del pintor y actor Henry Arán, con actuación en la Comedia Cordobesa, y de la escritora, doctora en Letras y profesora universitaria Pampa Arán, nació en 1899 en San Pedro, provincia de Buenos Aires, y se lo valora por su capacidad descriptiva, tanto plástica como literaria, de paisajes y escenas campestres, haciendo del cultivo de las tradiciones y sugerencia de la pampa una manifiesta pasión.
Inspirado orador y sentido poeta, amaba el campo, solazándose también con la pintura de aquello que le proponían las extensiones de una tierra sin límites, con referencias escasas pero con vitalidades capaces de suscitar la creación artística.
Tanto la tierra como el hombre emocionaron su espíritu, y su vocación de compromiso lo llevó a militar en el Partido Socialista, en cuya representación fue candidato a gobernador de Córdoba.
Humanamente austero y de natural bonhomía, gozó del afecto de cuantos le trataron y  de la admiración de muchos.
Otra personalidad frecuentemente evocada es la del doctor Roberto Dávila Sánchez, que tenía su clínica sobre boulevard Los Granaderos al 800, dedicada a la atención de los vecinos del sector por casi 50 años, especialmente para los niños, auxiliados a menudo por la certeza de su diagnóstico en momentos de gran compromiso de salud.
El doctor Dávila Sánchez, oriundo de San Juan, llegó al barrio después del fatídico terremoto en su provincia. También ejerció la docencia a partir de su título de maestro normal nacional, siendo reconocido como uno de los más apreciados profesores de la vieja Escuela del Trabajo “Presidente Roca”.
Podríamos del mismo modo mencionar las muchas familias de ferroviarios que eligieron a Los Paraísos para establecer sus hogares en momentos casi heroicos, cuando los terrenos estaban prácticamente aislados del centro de la ciudad y aún de urbanizaciones vecinas como San Martín y Alta Córdoba, por cierto con mucho mayor presencia vecinal en al catastro de la ciudad.
En aquellos tiempos pioneros el medio de transporte más próximo era el de la recordada Línea 2, que pasaba por boulevard Los Granaderos. Pos esos días, ahora lejanos, los aventurados habitantes de barrio Los Paraísos, en jornadas de lluvia, solían llevar una doble calzadura: botas de goma para chapalear en el barro hasta boulevard Los Granaderos y un par de zapatos en la mano para cambiarse luego.
Y, en fin, podríamos hablar de las familias de Nieto y Zubián, entre aquellas que fueron siguiendo presencialmente la evolución del barrio como conformadoras de los núcleos fundadores, así como de la antigua farmacia Loto, enclavada como una tradición en la esquina de la iglesia de San Fermín, a la que acudían los vecinos con las recetas magistrales tan proclives en ser dictadas por los médicos de entonces y donde el cliente encontraba siempre el consejo sereno que emanaba de la experiencia y generosidad del profesional.
Así, en torno a estos hitos enhiestos que son el fluyente boulevard Los Granaderos, la clara fachada de San Fermín y la inalterable elegancia de líneas de la escuela Antonio del Viso, trilogía que se concentra al 1500 de la gran arteria que lleva al Cerro de las Rosas y al aeropuerto internacional de Pajas Blancas, que ahora lleva el nombre del Ingeniero Ambrosio Tarabella -el cual, a no demasiadas décadas de la que fue la alejada y solitaria aeroposta, comunica hoy con destinos otrora inimaginados-, continúa creciendo la comunidad de barrio Los Paraísos como fruto legítimo de la confianza y del empreño de quienes tuvieron la valentía y la intuición de levantar hogares en medio de la aspereza de la tierra, alentados tal vez por los verdes retoños de árboles de paraíso que, confiados en la energía de la luz del sol, centraban su esperanza en la continuidad de las lluvias y en la protección que brindaba el concepto de vecindad armoniosamente vivido.
Aquellos trabajadores y pequeños comerciantes fueron adelantados de una empresa que a muchos sonó a aventura, preocupados por un futuro de bienestar y progreso, sin saber -es posible- que estaban entregando un modelo limpio y genuino para otras agrupaciones urbanas que emergerían en el noroeste de la ciudad de Cabrera.

(*) Abogado-notario. Historiador urbano-costumbrista. Premio Jerónimo Luis de Cabrera