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La evolución cultural que mejor convenga al bien común de la humanidad

Alejandro Roca

Por Alejandro Roca

“No hay en la evolución cultural un punto antes del cual no se produzcan luchas”. Thorstein Veblen.

Dada la magnitud de los problemas que enfrenta la humanidad (hambre, pobreza, desigualdad y sobreuso de los recursos naturales, por mencionar tan sólo algunos), resulta clara la urgencia de una evolución cultural de escala para poder alcanzar la sustentabilidad de nuestras sociedades y del planeta. En 15 años ininterrumpidos de trabajo como institución referente y promotora, en Iarse podemos apreciar cuánto se ha avanzado en lo que respecta a la responsabilidad social y la sustentabilidad, con cambios sustanciales hasta hace un tiempo impensables.
En la agenda de las naciones, gobiernos, ministerios, empresas y organizaciones aparecen los compromisos asumidos en la COP21 y COP22; la necesidad de impulsar acciones rápidas contra el cambio climático; la oportunidad de adherir y alinearse al marco que ofrecen los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de Naciones Unidas con miras a 2030. Cada vez más empresas trasladan sus metas y objetivos de gestión sustentable hacia toda la cadena de abastecimiento, aplican herramientas de gestión para innovar, medir su desempeño, planificar y hasta para avanzar en desarrollos de nuevos productos o servicios que generen más valor social y ambiental para el conjunto.
Pero, tal como señala la famosa ley de Newton, toda acción genera una reacción. Indefectiblemente, el avance sostenido del discurso y la acción sustentable en la agenda global ha generado algunas actitudes opuestas.
Por ejemplo, la del próximo presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Una de las grandes incógnitas que rodean al nuevo gobierno estadounidense es la manera como enfrentará ciertos temas sociales y ambientales. Trump ya ha adelantado su intento de mantener la política de combustibles fósiles y fomentar prácticas como el fracking; a la vez que amenaza con recortar los subsidios federales existentes para generar energías limpias y renovables. Grupos ambientalistas ya se están organizando para decidir cómo actuarán ante la promesa del mandatario de cancelar el Acuerdo de París y los compromisos de reducción de emisiones asumidos apenas un año atrás.
Siendo que Estados Unidos -además de una potencia económica y política-, el segundo mayor productor de CO2 de nuestro planeta, una marcha atrás en su política de descarbonización de la economía, o en su apuesta a las energías renovables, implicaría -qué duda cabe- un importante retroceso para nuestro planeta entero.
¿Cuántas veces los intereses económicos y lobbies de ciertas industrias terminan primando aun sobre la innovación tecnológica y los desarrollos y/o avances que harán posible la supervivencia de nuestro planeta (como organismo vivo) e incluso de nuestra especie? Creemos que es tiempo de poner fin a tanto cortoplacismo y desatino.

Estas marchas y contramarchas son inherentes a cualquier cambio de paradigma. Eso es, justamente, lo que se está debatiendo hoy en las más altas esferas de los gobiernos, si bien esta partida también se replica en cada pequeña acción local o particular que nosotros, los ciudadanos, tengamos la capacidad y decisión de fomentar en nuestros entornos.
No habrá lugar para la indecisión o la indefinición en este escenario. Menos teniendo en cuenta que somos la primera generación de la historia de la humanidad que cuenta con los recursos para organizarse, contactarse y producir un cambio de rumbo de escala global; aunque también seamos la última generación que tendrá la oportunidad de hacerlo y evitar las drásticas consecuencias para la vida humana que puede tener nuestra inacción frente a los temas socioambientales aún pendientes en la agenda mundial. Faltan más líderes mundiales que hagan un frente común y aboguen por ponerle fin a los excesos, sean de quien fueren.
Sin fatalismos, tenemos que asumir un papel activo y tomar partido en esta lucha de fuerzas. Ojalá diciembre represente para cada lector un momento para sentarse a reflexionar sobre el papel que le compete ante el dilema que se nos presenta como argentinos, latinoamericanos, y fundamentalmente como ciudadanos del planeta.
Claramente, nuestra esperanza es que su respuesta sea -independientemente del ámbito donde se desempeñe laboralmente- la de redoblar sus esfuerzos en pos de la sustentabilidad. El mundo ciertamente necesita más individuos que comprendan la gestión sustentable como el único camino viable para un futuro digno para todos; y que sean activos promotores e impulsores de aquello que mejor convenga al bien común.

Director Ejecutivo del Instituto Argentino de Responsabilidad Social Empresaria (IARSE).