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Invierno nuclear, el apocalipsis que acecha

Enrique-Escudero

u Por Silverio E. Escudero

En un rincón de la biblioteca yacía una carpeta extraña que no figuraba en los registros de la memoria. Al repasar su contenido reapareció un conjunto de recortes y apuntes sobre la carrera armamentista y las eventuales consecuencias de una guerra de carácter nuclear con alcance mundial.
La cuestión, que preocupaba a todos, hizo que en medio de las complicaciones de la Guerra Fría se organizara, con el auspicio de la Nuclear Freeze Foundation (fundación para la congelación de las armas nucleares), una jornada extraordinaria presidida por los senadores estadounidenses Edward Kennedy y Mark Hatfield, de notable trayectoria en organismos antiarmamentistas.
En la reunión de marras, celebrada en Washington el 8 de diciembre de 1983, sus principales relatores -cuatro científicos estadounidenses y otros tantos soviéticos- se comprometieron a trabajar a destajo en favor del desarme mientras explicaban, ante un estupefacto auditorio, los posibles escenarios de una guerra nuclear en la que estallan bombas por un total de 5.000 megatones.
La explosión representaba la utilización de un tercio o la mitad de los arsenales estratégicos, por ese entonces, en poder de Estados Unidos y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), que no constituían ni mucho menos -según Carl Sagan- “la peor de las guerras nucleares imaginables.”
Los relatores principales de ese histórico cenáculo fueron, según nuestros recuperados apuntes, Carl Sagan, Vladimir V. Alekxandrov, Paul Ehrlich, Alexander S. Pavlov, Jack Geiger, Serguei Kapizza, Lewis Thomas y Yevgueni P. Velijov, cuyos testimonios están al alcance de todos. Habida cuenta de que ya fueron publicados en número extraordinario por la revista Desarme, que edita Naciones Unidas.
Los testimonios causaron violentas reacciones en Estados Unidos: de los halcones. Y la sorda ira de la Nomenklatura. Ambos pidieron a sus gobiernos un digno castigo para los participantes del evento.

Carl Sagan, por entonces director del Laboratorio de Estudios Planetarios de la Universidad de Cornell, en la conferencia inaugural y luego de explicar los modelos de simulación usados tanto en Estados Unidos como en la Unión Soviética, Inglaterra, Alemania Occidental y Australia, hizo una advertencia: que la consecuencia inmediata de tal guerra -que normalmente tendría lugar en las latitudes medias del hemisferio norte- sería que en la zona bombardeada el sol se “velaría” por el hollín y el polvo. Y el día se volvería noche.
“Al propagarse las finas partículas, primero en longitud y después en latitud, las cosas se volverían más brillantes, pero al parecer en las mencionadas latitudes solo quedaría aproximadamente el uno por ciento de la luz solar normal en un día despejado (…) Como la cantidad de luz solar que alcanzaría la superficie de la Tierra disminuiría drásticamente y como es esa luz solar la que calienta el suelo, el frío se instalaría”, afirmó. Según su hipótesis, la disminución de la temperatura sería muy importante, hasta alcanzar -según los cálculos de los disertantes- más o menos 23ºC bajo cero. “Éstas serían las temperaturas continentales medias en el hemisferio norte lejos de la costa; en las zonas litorales el frío intenso se verá atenuado un tanto por los océanos, que actúan como depósito de calor. Ello significa que el gran número de plantas, de animales y de seres humanos expuestos morirían congelados”, agregó el astrofísico.
A su turno, el físico ruso-soviético Vladimir Valentinovich Alekxandrov, jefe del Laboratorio de Modelos Climáticos del Centro Informático de la Academia de Ciencias de la URSS, aseguró que la hoguera nuclear abrazaría ciudades enteras como también depósitos de combustibles y bosques. Es decir que arderían todos los materiales orgánicos cuyo elemento básico fuera el carbono.
“En nuestro entorno atmosférico -alerta Alexandrov en el recorte-, los productos sintéticos no arden completamente pero liberan partículas elementales de carbono. Esto es lo que llamamos hollín, cuya alta conductividad le permite absorber una gran cantidad de luz solar. La atmósfera se volverá pues opaca, ya que el flujo solar será interceptado por la contaminación, el polvo y el hollín. Tal absorción de la luz solar es una consecuencia extremadamente importante en caso de conflicto nuclear.”
El sabio soviético -que desapareció misteriosamente mientras participaba en la Segunda Conferencia Internacional de Autoridades Locales de Zonas Francas Nucleares de Córdoba, España, la noche del 31 de marzo de 1985- retomó el tema de las temperaturas tras el estallido esbozado por Sagan.
Alexandrov presentó algunos ejemplos de la disminución de las temperaturas que una guerra nuclear originaría. Afirmó que en un plazo de 40 días la temperatura media en Estados Unidos descendería aproximadamente en 30º o 40º C.
Dicho de otro modo, en pleno julio (en el Hemisferio Norte) la temperatura media oscilaría entre 18º y 28ºC bajo cero y entre 40º y 50ºC bajo cero en enero. “La situación sería más o menos la misma en la parte europea de la URSS. El descenso de las temperaturas en Escandinavia, pero también en Arabia Saudita y en Siberia occidental, podría ser del orden de los 50ºC y de unos 20ºC en América Latina y África del Norte”, destacó. Eso significaba que los seres humanos se verían sometidos bruscamente a un entorno de tipo polar. A ello se añadía un factor de suma importancia durante ese período: la circulación atmosférica entre ambos hemisferios experimentaría un “cambio radical” debido a las fuertes diferencias de temperatura entre el norte y el sur.

“Estudiando a partir de nuestro modelo la modificación de las corrientes atmosféricas, hemos podido constatar que los esquemas habituales quedarían profundamente perturbados durante las dos o tres primeras semanas que seguirían al estallido del conflicto nuclear. Los esquemas clásicos cambiarían hasta tal punto que la capa atmosférica no sería más que un gigantesco magma arrastrado por una corriente uniforme que evacuaría enormes cantidades de sustancias contaminantes del hemisferio norte al hemisferio sur. En consecuencia, al cabo de tres semanas -un mes como máximo- la situación en el hemisferio sur, y por tanto en las regiones tropicales, resultaría tan catastrófica como en el hemisferio norte”, alertó Alexandrov.
En definitiva, hasta los años 80 del siglo pasado la humanidad vivía en una especie de limbo. Temía, pero todos los escenarios que imaginaba del intercambio termonuclear se centraban en lo que pasaría ese día, sin que nadie prestase atención al mañana porque, total, para casi todos los implicados no lo habría. ¿Qué ciudades serían destruidas? ¿Qué regiones pasarían a ser zonas de exclusión atómicas? ¿Qué refugios subterráneos podrían resistir la devastación?
Fue por esos años cuando el mundo se enteró de la existencia de un grupo de científicos que trabajaba sobre la hipótesis más terrible: las consecuencias del enfrentamiento nuclear entre la Unión Soviética y Estados Unidos: las cenizas, elevadas a la estratosfera y suspendidas allí durante años, con el planeta sumido en una nueva Edad de Hielo. Diciendo adiós a las plantas y, con ellas, a más de 90% de las especies. La consecuencia a mediano plazo de una guerra nuclear sería una extinción masiva, similar a la que hace 65 millones de años acabó con los dinosaurios y casi todo lo demás.
El escándalo estalló a un lado y al otro de la Cortina de Hierro. Sagan enfrentó a los secretarios de Estado estadounidenses Henry Kissinger y Robert McNamara.
A Alekxandrov le fue peor. Se le acusó de traición a la patria y ser agente de la CIA; de publicar sin autorización en Occidente papeles de alto valor estratégico, mientras le prohibían el acceso a instalaciones científicas militares. Finalmente desapareció, en oscuras circunstancias, antes de las primeras horas de aquel abril de 1985.

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