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Hamburgo, una estación camino al infierno

Por Silverio E. Escudero - Exclusivo para Comercio y Justicia

Por Silverio E. Escudero - Exclusivo para Comercio y Justicia

 Por Silverio E. Escudero

La batalla de Hamburgo ha concluido. Los partes de combate están a la vista. Se ha cerrado el tiempo de las apuestas y el de las ingenuidades.
Nunca antes estuvo tan cerca de ser derrotado el aparato represivo y de seguridad que rodea la reunión de presidentes de los países que conforman el G20, grupo que pretende expresar dos tercios de la población mundial, 80% del comercio global y 85% del producto bruto mundial.
No es posible, entonces, analizar los resultados de la agenda mundial sin anotar los reclamos de la contracumbre integrada por más de 170 organizaciones que se reunieron bajo el lema “Solidaridad sin fronteras en lugar del G20”. Contracumbre que denunció -como lo viene haciendo desde Berlín 1999- las injusticias, las miserias de la sociedad y del capitalismo porque, esta vez sí, se acabó la fiesta.
La marginalidad social, el cambio climático, el crecimiento sin límites de las aglomeraciones urbanas, la delincuencia organizada, los cambios de hábitos que propone la sociedad de consumo que hipotecan el futuro, el desarrollo sustentable, el armamentismo y la trata de personas… Es menester -y así estaba consignado en el manifiesto del llamado a marchar hacia Hamburgo- rediscutir la existencia del Estado para que deje de ser una abstracción o un mecanismo más de opresión. Cuestión que se debate en el seno de la sociedad que no logra organizarse fuera de los ámbitos tradicionales que permanecen sordos y mudos frente a los reclamos sociales, políticos y económicos.
Mucho más cuando ceden ante las presiones de las grandes potencias y se transforman en meras gestorías que deben cumplimentar órdenes y facilitar el desembarco de unidades de las fuerzas de Operaciones Especiales (FOE) estadounidenses, porque renunciaron vergonzosamente a ser garantes de la paz.
Situación que le permitió al general Taymond Thomas, jefe del Comando de Operaciones Especiales de Estados Unidos (USsocom o Socom, por sus siglas en inglés), jactarse de estar operando y combatiendo en todos los rincones del globo, sosteniendo diariamente un despliegue o una fuerza en puestos de avanzada de unos 8.000 hombres en 80 o más países. “Estas unidades están realizando todo tipo de misiones propias de las FOE, tanto en situaciones de combate como de otro tipo”, afirmó.
Sin embargo, estas cifras dan a entender sólo una parte de la verdadera dimensión y alcance de las acciones globales de las FOE. El año pasado, las fuerzas más escogidas de EEUU estaban realizando diversas misiones en 138 países –aproximadamente 70 por ciento de las naciones del planeta–, según los guarismos proporcionados a TomDispatch por el Comando de Operaciones Especiales de Estados Unidos .
Hamburgo encontró en soledad a Donald Trump, quien no convalidó el acuerdo de París como ámbito propicio para el tratamiento del calentamiento global. La incógnita a desentrañar es saber si ese gesto, que la prensa tradujo como prepotente, es de debilidad o fortaleza de Estados Unidos, habida cuenta de que es el único que impone condiciones globales desde su poderío económico, especialmente de su moneda (pese a las debilidades del dólar), su despliegue militar y su influencia ideológica simbólica cultural.
No ocurre lo mismo en Europa, que libra una “guerra intestina” para contrarrestar la hegemonía alemana, que no favorece el sostenimiento de Estados en situación crítica en, al decir de Winston Churchill, “el vientre blando de Europa” ni en el Este pobre del continente.
Es que Berlín mira con preocupación el centro de Asia como campo de disputa geopolítica, razón por la cual está dispuesta a forjar una nueva alianza a espaldas, si resulta menester, de Francia y sus socios europeos. La de los pueblos indoeuropeos o arios que le uniría con Irán, Afganistán, Tayiskistán, Pakistán e India en un poderoso conglomerado capaz de frenar por sí solos el avance de la Santa Madre Rusia de la mano de su hijo predilecto: Vladimir Putin.
Los que fincan su esperanza en China como sostén del régimen capitalista deberían esperar un poco más. Transita por momentos de profunda tensión. Sus resistentes han consolidado posiciones estratégicas y niegan valor de cambio al renminbi, la moneda oficial de la República de China, de la que deriva el yuan. Desconocimiento que preocupa al Buró porque compromete a 30 por ciento de su territorio.

Más allá de estas minucias, lo cierto es que la verdadera historia detrás del G-20 de Hamburgo comenzó tres días antes en Moscú, con la cumbre oficial entre Putin y el presidente de China, Xi Jinping. En ese encuentro Xi Jinping –cuenta Pepe Escobar, uno de los más sagaces observadores internacionales- alabó repetidamente “la alianza estratégica”, “el rápido crecimiento de una cooperación pragmática”, y el “carácter especial” de las relaciones de China con Rusia. “Putin, una vez más, se comprometió con las nuevas rutas de la seda; “por todos los medios”, incluyendo la participación en la Unión Económica de Eurasia (UEE). El Fondo de Inversión Directo de Rusia y el Banco de Desarrollo de China han establecido un fondo de inversión conjunta de 10 mil millones dólares. Gazprom y la china CNPC firmaron un acuerdo clave para el inicio de las entregas de gas a través del conducto Siberia1 (el 20 de diciembre de 2019, según el CEO de Gazprom Alexey Miller) y una nueva vía de abastecimiento con la construcción Siberia-2. Por otra parte, ambos líderes siguieron discutiendo una hoja de ruta de cooperación militar. En una reunión privada en el Kremlin -la noche antes de la cumbre oficial- se acodaron recursos por valor de mil millones de dólares para desarrollar una estrategia común con Corea del Norte; “Diálogo y negociación”, junto con una firme oposición al sistema de misiles THAAD instalados en Corea del Sur. Xi, en una entrevista a TASS, ya había expuesto que la defensa antimisiles de Estados Unidos -una prioridad máxima para el Kremlin- “perturba el equilibrio estratégico de la región”.Fue ésa la tercera reunión de Putin y de Xi Jinping en 2017. En la cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) en Astana, Putin ya había dado a entender que, en Moscú, habría “un acontecimiento importante en las relaciones bilaterales”. No sólo se profundizó en una estrategia conjunta para la integración de Eurasia, sino también para la coordinaron de un enfoque común ante Trump en el G-20. Así funcionan las alianzas estratégicas.

Más allá de estas cuestiones y las consecuencias de la refriega callejera en la que participaron más de treinta mil policías, los activistas de la Asociación por la Tasación de las Transacciones financieras y por la Acción Ciudadana (Attac) se preguntaron qué hacer en un mundo dominado por el capital financiero y apapachado por las empresas transnacionales que favorecen la cultura de la violencia e impiden identificar quiénes son nuestros enemigos principales y cómo esas fuerzas del capital actúan en nuestros países. Y, sobre todo, imaginar, buscar en nuevas articulaciones internacionales, formas urgentes para enlazar luchas comunes contra enemigos comunes.
La crítica central se centró en la producción y el consumo, denunciando a las cadenas de distribución que se constituyen grandes centros de poder. Centros que influyen de manera decisiva en la formación de los precios, tendencia que alcanza límites extremos toda vez que una decena de corporaciones producen y distribuyen más de dos mil productos vendidos por todo el planeta mientras asfixian a sus proveedores con políticas abusivas, como las draconianas condiciones de pago –a meses vista-; o descuentos de hasta 20% en las entregas. Uno de esos grandes ejemplos apunta a los ganaderos y al sector lácteo.