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Europa, cómplice necesaria de crímenes de contra la humanidad

Por Silverio E. Escudero - Exclusivo para Comercio y Justicia

Por Silverio E. Escudero - Exclusivo para Comercio y Justicia

 Por Silverio E. Escudero

Otra vez ocuparemos la atención con el por siempre torturado mundo europeo. Un continente que ha soportado la impronta de descomunales tiranos que han cometido todo tipo de tropelías en contra de la condición humana.
A pesar del paso del tiempo y de sus cataclismos y tragedias tomamos en cuenta que la historia sigue siendo la misma. Nada ha cambiado. La trágica lección no ha sido aprendida.
La vieja y anquilosada Europa está en el centro de una tormenta permanente que amenaza con el tronar de los cañones y el retumbar de la metralla.
Las primeras víctimas, que se cuentan por millones en las fronteras, parecen no importarles a nadie. Son apenas refugiados, emigrantes, transhumantes, a los que se les niega la condición de seres humanos. Como vomitados por una guerra que se ha convertido en un conflicto a escala internacional. Una guerra en la que los beligerantes apelan al terrorismo como el armas más eficaz. Mientras eso sucede, desde África llegan a las costas mediterráneas miles de personas que huyen con desesperación del hambre y de las guerras.
Muy lejos, en algún oscuro desván de la historia, ha quedado arrumbado el sueño del ciudadano universal. El de la igualdad, el de la fraternidad, el que proclamaba que era posible un mundo distinto, de armonía y de concordia.

Desde la Segunda Guerra Mundial, jamás Europa había vivido una situación semejante. Hasta América, la meta de los inmigrantes para alcanzar el “sueño americano” se ha convertido en una pesadilla que no tiene fin.
Las migraciones y desplazamientos se producen por las guerras y el hambre. Los líderes del capitalismo global, sostenedores de la libertad de los mercados y la apertura de fronteras económicas, nunca pensaron que la competencia salvaje iba a profundizar aún más las diferencias entre los países ricos y naciones pobres. Contrastes que han sido utilizados para asegurar que los países menos favorecidos permanezcan sometidos a los mas fuertes, a los que, con manu militari, distribuyen las migajas que reparte el capitalismo.
Primero, en razón de que se cree que los problemas de los países pobres no son susceptibles de analizarse en función de comunismo y capitalismo –escribía a mediados de la década de 60 Robert Theobald, aquel histórico difusor de la economía de la abundancia- ya que estas áreas enfrentan “un problema singular de la historia humana y solamente si la situación se considera sin preconceptos habrá una solución posible. La segunda razón para evitar este modo de encarar el asunto es que la guerra fría se ha convertido en un anacronismo en la época de la bomba de hidrógeno; o el mundo sobrevive junto, o se volará a sí mismo en pedazos. Los países pobres no pueden ser tratados como peones en una lucha de poderes; se debe ayudar a un país, no para sostener un lado o el otro en una lucha ideológica, sino para ayudar a los habitantes.”
Situación que se replica casi con puntualidad en la misma Europa. Entre la rica Europa Occidental y la Oriental que aún no logra integrarse en un pie de igualdad a la Unión Europea. Continente de disputa y tensión entre las naciones de la Europa Comunitaria y Rusia. Una Rusia dispuesta a recrear de la mano de Vladimir Putin el imperio, el imperio de los zares, en un sistema de valores distintos del resto del continente y que a los analistas, muchas veces, les resulta complejo aprender, habida cuenta de que ambos bandos buscan introducir los valores de la sociedad distinta, culturalmente extraña.

Nos sumamos, como cada año, con nuestro grito para alertar sobre los peligros por los que atraviesa la humanidad. Lo hacemos con mayor vigor porque cada 20 de junio se conmemora el Día Internacional del Refugiado. Es preciso, entonces, precisar conceptos. Marcarlos a fuego.
De acuerdo con la Convención de Ginebra sobre el Estatuto de los Refugiados, un refugiado es una persona que, “debido a fundados temores de ser perseguida por motivos de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a un determinado grupo social u opiniones políticas, se encuentre fuera del país de su nacionalidad y no pueda o, a causa de dichos temores, no quiera acogerse a la protección de su país; o que careciendo de nacionalidad y hallándose, a consecuencia de tales acontecimientos fuera del país donde antes tuviera su residencia habitual, no pueda o, a causa de dichos temores no quiera regresar a él.” Refugiados que, según algunas fuentes, suman unos 60 millones.
Estamos una vez más frente a un círculo perverso. El círculo que sirve de punto de inicio de todas las guerras e intervenciones militares. Las de las principales potencias en Medio Oriente y África, que terminan con el retorno a la servidumbre, la esclavitud y la trata de personas en territorio europeo. Situación que compromete a miles de niños que, al tratar de escapar de las terribles condiciones en las que viven y se transforman en blanco principal de las redes de tráfico de personas, que terminan siendo proveedores de “carne fresca” a las redes de prostitución infantil y mano de obra esclava para los buques factorías que pueblan las aguas internacionales.

Así lo alertó el Consejo de Europa al denunciar el elevado y creciente número de niños que desaparecen después de llegar sin acompañantes al Viejo Continente, huyendo de las zonas de conflictos, y que caen en manos de las redes de trata de personas. “Es una gran preocupación, porque muchos niños no acompañados están llegando al continente europeo sin nadie, solos, y en muchos lugares no son capaces de volver a reunirse con sus padres, si es que están en Europa (…) Claramente los traficantes de personas se hacen con ellos, porque son muy vulnerables y pueden ser explotados”, explicó el secretario general del Consejo de Europa, Thorbjørn Jagland, en rueda de prensa en Praga.

El máximo responsable del Consejo de Europa no pudo más que denunciar la terrible situación y se mostró impotente para encontrar una solución: “Estamos muy preocupados de que no haya una postura unificada en el lado europeo. Les han dejado los problemas a algunos países como Grecia e Italia y por eso tienen este problema creciente de niños no acompañados.”
Sin embargo, el principal problema no es que no exista una postura unificada, sino que existe un acuerdo tácito entra las potencias europeas que ha permitido que el tráfico de personas se convierta en una realidad constante. En primer lugar cortaron la ruta balcánica, que era la “más segura” para llegar a Europa, lo que obligó a millones de personas a utilizar el Mediterráneo. Esto volvió a los refugiados presa directa de los traficantes de personas que en el norte de África -y en particular, en Libia- actúan en connivencia con traficantes europeos para hacer negocio tanto con el traslado de personas como para “proveer” de mujeres y niños a las redes de trata en Europa.
La situación empeoró cuando se negoció con Turquía un acuerdo multimillonario para que este país se convierta en un verdadero campo de concentración para los refugiados impidiendo su entrada a los países de la Unión. La extrema precariedad, la violencia que sufren los refugiados en suelo turco ha sido fuente de múltiples denuncias por el uso masivo de niños en trabajo esclavo del que el gobierno de Erdogan es cómplice. La situación no es mejor para aquellos que logran llegar más lejos. La frontera con Hungría fue electrificada por el gobierno conservador de Viktor Orban, expulsando a los migrantes que intentan ingresar en su territorio y confinando a campos de concentración a otros.
La militarización e islamofobia de Francia o Alemania, entre otros, han hecho que se multipliquen los ataques contra los refugiados e incluso que el gobierno de Merkel sugiera una suerte de contrato laboral para utilizar a los refugiados como mano de obra ultrabarata, lo que no es más que la legalización estatal para toda la cadena de explotación laboral y sexual en el que se mueven las redes de trata en todo el continente.