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Epidemia de crímenes de angustia

Por Luis Carranza Torres* y Carlos Krauth**

Por Luis Carranza Torres* y Carlos Krauth**

 Por Luis Carranza Torres* y Carlos Krauth **

Es un crimen, aunque muchos no lo sientan como tal. En la escuela clásica, tal palabra se reservaba a los ilícitos de rango superior. También nosotros la usamos en ese sentido.
No es la primera vez que tratamos desde aquí el tema del bullying, pero esta vez lo haremos a partir de un caso que nos ha conmovido particularmente, el de Alan Gabriel, el niño de Santiago del Estero que decidió suicidarse debido a las burlas que sufría por parte de sus compañeros de colegio.
Gabriel iba a séptimo grado, en un colegio de La Banda, y vivía en una casa humilde –sin agua corriente– junto a su mamá, sus tres hermanos y su abuela materna. Venía sufriendo algunos golpes que lo tenían preocupado y triste, entre ellos la muerte de su perrita a la que le escribió una carta después de enterrarla.
Sin embargo, lo que peor lo afectaba eran las burlas por parte de sus compañeros, quienes lo “cargaban” por ser “gordo”. Según la fiscal que investiga el caso, Alan Gabriel estaba sufriendo bullying, y de su entorno sólo su hermana de 14 años lo sabía. Ella trató de tranquilizarlo: le decía que se quedara tranquilo, que no les hiciera caso. Lo paradójico del caso es que ni la madre ni las maestras sabían lo que estaba sufriendo.
Tan mal se sentía Gabriel que un día, de regreso de la escuela, su hermana lo notó raro, y él se despidió y le dijo que la quería mucho, y que se cuidara; luego, cuando su madre y su abuela estaban acostadas en el comedor, en la única parte de la casa en la que hay aire acondicionado, el niño se encerró en la habitación de su hermana y se disparó con el arma que su padrastro usaba para cazar.

La decisión de Alan Gabriel no es un hecho aislado; el tema del suicidio de niños y adolescentes es un problema que viene en aumento en nuestro país: este año, la Organización Mundial de la Salud publicó un informe según el cual Argentina es uno de los países de la región con mayor tasa de suicidios.
De acuerdo con los últimos datos publicados por el Ministerio de Salud, en 2015 se registraron 438 casos de suicidio de niños y adolescentes de entre 10 y 19 años (tres de cada cuatro, varones), mientras que Unicef, ha publicado que la tasa de mortalidad de adolescentes por suicidio en nuestro país casi se triplicó en los últimos 25 años.
Podemos hablar entonces, de “epidemia delictiva”. De una sociedad en que el abuso, la prepotencia y la conducta de ofender y lastimar al otro no distinguen edades ni segmentos socioeconómicos.
Estos datos son corroborados por el titular de la ONG Bullying Sin Fronteras, Javier Miglino, quien al respecto ha dicho: “No hay semana en que no recibamos la noticia trágica de la muerte de un niño o un joven por el acoso escolar o bullying.
Cada una de esas muertes nos quita algo de vida también porque no podemos explicarnos cómo se llegó al desenlace final sin que alguien haya podido evitarlo. De hecho, nuestro Equipo Multidisciplinario Internacional, conformado por médicos, psiquiatras, abogados, psicólogos, educadores, psicopedagogos y periodistas, permanente registra cambios porque a pesar de ser profesionales de elite, no soportan la presión.
El suicidio de Alan Gabriel se suma los dos suicidios de chicas jóvenes que se produjeron en Buenos Aires a lo largo de 2017 y a los más 30 intentos que por fortuna solo quedaron en un susto. El bullying se está llevando la vida de más de 300 jóvenes cada año en América Latina y España y ya es definitivamente la epidemia del Siglo XXI”.
No dejan de dolernos estas noticias, al tiempo que nuestra preocupación aumenta, ya que -en épocas en las que la igualdad aparece como un mandato- el índice de suicidio como consecuencia de las burlas y actos discriminatorios crece proporcionalmente con relación al aumento en la cantidad y gravedad de los casos de bullying.
Tal vez sea necesario que asumamos (y que eduquemos en ello) que más allá de nuestras diferencias físicas, nuestra igualdad no es material sino moral, somos todos iguales por ser personas. Si así nos valoráramos, seguramente no deberíamos sufrir más casos como el de Alan Gabriel.
Empecemos a llamar a las cosas por su nombre: cuando un joven se suicida o intenta hacerlo por padecer bullying, hay responsabilidad de parte de quienes lo inducen a eso; por lo tanto, así como se ha dado una respuesta jurídica a la cuestión de la violencia familiar, es hora que -desde el derecho- empecemos a brindar algún cauce de protección a los derechos de los atacados por el bullying. Un crimen de angustia de los más deleznables.

(*) Abogado, doctor en Ciencias Jurídicas. (**) Abogado, magíster en Derecho y Argumentación Jurídica

 

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