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El hombre del pelo color zanahoria

Por Silverio E. Escudero - Exclusivo para Comercio y Justicia

Por Silverio E. Escudero - Exclusivo para Comercio y Justicia

 Por Silverio E. Escudero

“Las ofensas que hacen a México
no son sólo a México, son a toda
América Latina, es a nosotros”.

Rigoberta Menchu, Premio Nobel de la Paz, 1992.

América Latina observa con asombro y estupor la sumisión de su clase política a la omnímoda voluntad del “Hombre del pelo color zanahoria”, como lo definió uno de mis vecinitos que suele “invadir” mi estudio con cierta habitualidad a la hora de la merienda. Clase política que está integrada por hombres y mujeres de papel, cuajados de miedo, timoratos, acomplejados e ignorantes de la historia de un continente que batalló, batalla y batallará en contra de las intervenciones extranjeras que, pese a los sueños de las derechas, no traen progreso sino corrupción y podredumbre.
Ésa es la razón por la que no entienden, ni entenderán los políticos latinoamericanos, que recorre “las vertebras del continente” un clamor generalizado que reclama la construcción de un poderoso frente político y social capaz de enfrentar las amenazas que vocifera y concreta el nuevo ocupante de la Casa Blanca. Aceptar en silencio la imposición de un muro ofende una tradición de lucha por la autodeterminación de los pueblos y el respeto del principio de no intervención, porque el reclamo de “trato respetuoso” en la voz de Donald Trump no significa otra cosa que obediencia y sumisión. Pretensión que quedó patentizada en el tenso diálogo telefónico que mantuvo con el presidente mexicano Enrique Peña Nieto, cuando amenazó con enviar tropas a México para combatir a los bad hombres.

Y así lo ha entendido Rigoberta Menchú, premio Nobel de la Paz 1992, cuando en la 16ª Cumbre de Premios Nobel de Paz celebrada por estos días en Bogotá, afirmó que si México deja que lo traten de esa manera qué esperan los pueblos de Centroamérica, qué esperan los pueblo indígenas, las mujeres, los migrantes, las personas que están amenazadas por los anuncios de nuevas políticas norteamericanas. “Yo tengo la fe realmente de que reaccionemos, yo tengo la fe de que los dirigentes sociales, los dirigentes políticos, los dirigentes económicos, los dirigentes de los medios de comunicación y las personalidades reaccionemos y hagamos una sola respuesta y no tratemos de responder individualmente”, afirmó.
Los insultos que ha propinado a los latinoamericanos el gringo millonario hacen recordar momentos atroces de la historia latinoamericana. Momentos en que cualquier aventurero, con patente de corso, otorgada de hecho por la Casa Blanca, desembarcaba en nuestras costas y se erigía en gobernante, amo y patrón voraces. La historia de Centro América y el Caribe nos exime de mayores comentarios.

Las acciones del señor del pelo color de zanahoria han desatado un fenómeno nuevo, diverso y heterogéneo que excede grandes movimientos de resistencia conocidos y que está dando por tierra sus múltiples planes de atropello. Vale preguntarse entonces hasta dónde resistirá el agresor la presión callejera de millones de personas, a las que se van sumando poderosos empresarios, republicanos y ultraconservadores que, espantados por la agresión presidencial, suman recursos y esfuerzos para sostener la resistencia. Las órdenes ejecutivas –que se asemejan a nuestros decretos de necesidad y urgencia- remiten a Troglodia. La construcción del muro fronterizo con México, la expulsión de indocumentados, el conflicto de los visados para naturales de siete naciones árabes, la quita de subsidios federales a las ciudades santuarios que protegen inmigrantes, la liquidación del Obamacare (seguro de salud) y la decisión de acabar con la escuela pública que, según algunas fuentes, seria gobernada por un consejo presbiteriano, son algunas de las aristas de los primeros conflictos en curso.

Liquidar el ambientalismo, congelar el salario mínimo, penalizar del aborto, financiar la supremacía blanca, promover la limpieza étnica, justificar la tortura y destruir las garantías constitucionales son otros aspectos del “compromiso moral” del presidente que ha prometido a los suyos “hacer nuevamente grande” a los Estados Unidos.
Donald Trump es un problema. La Real Academia no acierta a la hora de catalogarlo. Su discurso agresivo y verborrágico remite al caudillismo nacionalista que numerosos analistas definen como “populismo anti-sistémico”, en un desesperado intento de alejarlo de cualquier asociación con Nicolás Maduro, Daniel Ortega, Diosdado Cabello y otros lamentables que han ocupado el escenario político en tiempo reciente, como de los movimientos neonazi y neofascistas europeos largamente estudiados en esta columna.

Pese a todas las presiones y amenazas estamos convencidos de que somos protagonistas de un parto excepcional. Emerge de las multitudinarias manifestaciones una nueva cultura de resistencia que recuerda las grandes movilizaciones anti Vietnam o las del poderoso movimiento estudiantil que culminó en el Mayo Francés. Las redes sociales sustituyen los viejos grafittis de los paredones universitarios, facilitando la repercusión internacional del repudio a Trump, que va ganando la solidaridad de niños y adolescentes que han comprendido, temprano, la magnitud de la desdicha.
La próxima batalla se librará –asegura el economista argentino Claudio Katz- en las “ciudades santuario” que extendieron documentos de protección a los perseguidos. Las autoridades de 300 centros urbanos han declarado que resistirán las exigencias federales de deportación y subrayaron “que la inmigración hace grande a Estados Unidos de América”.