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Antonio Gramsci, ideas para un debate pendiente

Por Silverio E. Escudero - Exclusivo para Comercio y Justicia

Por Silverio E. Escudero - Exclusivo para Comercio y Justicia

 Por Silverio E. Escudero

En un mundo vacío de ideas, donde las derechas avanzan arrastrándonos irremediablemente a la guerra, 2017 nos presenta la oportunidad de abrir un debate de significación para la historia del pensamiento político. Debate al que concurrirá lo más granado de la intelectualidad habida cuenta de que en este año se cumplirá el 80º aniversario de la trágica muerte de Antonio Gramsci, el más vigoroso pensador italiano del siglo XX. Autor de los imprescindibles Quaderni del carcere (Cuadernos de la cárcel), 2.848 páginas de notas manuscritas en las que se debate acerca de la función educativa y política de los intelectuales.
Su muerte ocurrió como consecuencia de su largo confinamiento en las mazmorras del fascismo tras un juicio viciado de nulidad. Fue un asesinato de Estado.
Estando en prisión en 1931, Gramsci enfermó del mal de Pott -una de las formas en que se presenta la tuberculosis vertebral-, situación que se agravó día tras día ante la desatención de un sistema penitenciario atroz que había recibido la orden de causar la muerte del filósofo de cualquier manera. Su situación fue empeorando ante la desidia de la burocracia carcelaria que, maestra en excusas, evitó que fuera transferido, cuando era necesario, a la enfermería de la cárcel de Civitavecchia y más tarde a la clínica del doctor Cusumano en Formia donde se intentó, tardíamente, que Gramsci se restableciera.

Mussolini había ordenado que permaneciera, durante su internación, encadenado a la cama y con guardia armada a la vista.
En 1934, a pesar de “gozar” de un régimen de libertad condicional, se le prohibió alejarse de la ciudad que lo tenía como prisionero y con ello se le imposibilitó buscar alternativas de cura. En agosto de 1935, cuando la situación se había tornado irreversible fue trasladado a una clínica romana. El 21 de abril de 1937, la oficina del Líder del Partido Nacional Fascista y presidente del Consejo de Ministros de Italia, en un gesto lleno de hipocresía y maldad, le comunica a Antonio Gramsci que había recuperado la libertad. Seis días después, en el amanecer del 27 de abril, los médicos anunciaron su muerte. Muerte que no sólo celebraron los fascistas sino también la clerecía, que en pleno lanzó al viento sus campañas en señal de celebración.
Gramsci fue una de las fortalezas que jamás logró rendir Mussolini. Defendió su origen sardo y la fuerte identidad cultural de Cerdeña, en contra del norte burocrático y prebendario administrado por piamonteses acostumbrados a manejar como propios los bienes del Estado. Cuestión que el Duce supo aprovechar en beneficio propio mientras se lo sindicaba como cómplice del vaciamiento de las arcas públicas.
Ése es el marco histórico y político en el que se gestó la ruda personalidad política e intelectual de Antonio Gramsci. Ese mismo Gramsci que como periodista denunció las atrocidades de la Primera Guerra Mundial y asistió esperanzado en construir un mundo mas justo y equitativo a las reuniones de la Confederazione Generale del Lavoro y del Partido Socialista, donde se destacó por la claridad de sus análisis de coyuntura.
Así fundó dos periódicos, Ordine Nuovo y Unitá, con la intención de educar en sus derechos a la nueva clase obrera creada por la industria y la guerra. El tema prevaleciente de Ordine Nuovo era la relación entre la “organización científica del trabajo” (taylorismo y fordismo) y la organización científica de la educación y la formación.
“Sin embargo, esta relación en la que muchos ven hoy el inicio de las ciencias educativas no consistía para Gramsci en un simple ejercicio intelectual”, como anota Attilio Monasta, profesor de educación experimental en la Universidad de Florencia y coordinador de la Red de Programas Universitarios de Cooperación en el ámbito de las ciencias de la educación (Nicoped), de la Comunidad Europea.
“Unos pocos años antes de la guerra, la investigación científica sobre la educación en Italia había quedado totalmente marginada y reprimida por obra de los filósofos idealistas dominantes, Croce y Gentile, que consideraban que este campo de estudio era una rama de la filosofía, la ética o incluso la religión”, afirmó Monasta.
En 1923, Giovanni Gentile, primer secretario de Estado encargado de la educación en el nuevo gobierno fascista, reformó por completo el sistema escolar italiano, haciendo hincapié en la división ideológica entre la preparación técnica y profesional (para el trabajo) y la preparación cultural y científica para el desarrollo “espiritual” de la humanidad y, naturalmente, para la dirección política del país.

Gramsci tenía ideas distintas sobre estos problemas, sin caer en la petulancia positivista ni en mesianismo de considerar que los problemas humanos podían resolverse con la ciencia y la tecnología ni en la ilusión idealista de la “independencia” de la vida intelectual y cultural con respecto a los condicionantes económicos y políticos.
Gramsci más bien consideraba que el vínculo entre la organización del trabajo y la organización de la cultura era la nueva “cultura profesional”, la nueva preparación técnica y profesional que necesitaba la mano de obra (desde el trabajador especializado hasta el administrador) para controlar y dirigir el desarrollo industrial, así como la sociedad que este desarrollo crea inevitablemente.
Antonio Gramsci, en definitiva, fue el político más lúcido de su época. Tras duros años de la resistencia al régimen de Benito Mussolini y luego de sobrevivir el Index del realismo socialista está, aquí y ahora, para continuar debatiendo.